—¡Vamos, vamos!—exclamó la joven haciendo ademán de alzarse—. Se va a caer la noche en un instante.
—Espera, déjame sentir el beso de adiós de ese sol que se está hundiendo.
El astro rey ocultaba ya la mitad de su disco en la llanura y enviaba uno a uno sus rayos de púrpura con sonrisa melancólica, colgándolos suavemente a las ramas de los árboles.
—¿Lo ves? Ya el sol se ha ido. ¡Vámonos, vámonos!
—Espera un instante; déjame escuchar la serenata de ese ruiseñor que canta encima de nosotros. Si yo tuviese su voz y su inspiración, hermosa mía, también pasaría la noche cantándote al oído el himno del amor.
—No aquí—dijo ella riendo y poniéndose en pie—, porque aquí no te escucharía.
—¡Un instante, un instante nada más! Gocemos el encanto de esta hora fugitiva, retengámosla por los cabellos, dejemos que nos acaricie blandamente. ¡Quién sabe si en pos de esta tan dulce vendrán otras tétricas! Permite que la retenga un minuto más por su manto azul y flotante...
Y al decir esto, sujetaba la falda de su prometida.
—¡Arriba, Tristán, arriba!—replicó ella riendo.
—Pues ayúdame.