Miró después a Tristán que parecía dormido, y no advirtió en su rostro señales de sangre; palpó sus brazos y sus piernas, pero no pudo cerciorarse si se había fracturado algún hueso; puso el oído a sus labios y notó que respiraba.

Era necesario echarle agua a la cara para hacerle volver en si, pero el agua estaba lejos. ¿Iría corriendo hacia casa hasta encontrar a alguna persona que le socorriese? Apenas brotó esta idea en su mente aturdida la desechó con horror. No, no podía dejar a su prometido solo y privado de sentido en medio del campo.

Sin embargo, al cabo de un instante, Tristán pareció volver en sí y dejó escapar un débil gemido.

—Tristán, Tristán, ¿cómo te sientes? ¿Tienes dolores?—le gritó sofocada por la emoción.

El joven se llevó la mano a un hombro.

—No te asustes... sólo aquí siento algún dolor—murmuró con aliento casi imperceptible.

—¿Quieres que nos quedemos esperando que alguien pase?

Tristán hizo un signo negativo con la cabeza.

—¿Voy a casa a buscar socorro? ¿Puedes quedar aquí?

Hizo un signo afirmativo.