Tristán tomó la mano de su prometida, la apretó tiernamente y dijo sonriendo:

—La edad de oro, querida mía, se ha vuelto al cielo.

—Pero tu felicidad no se ha deshecho; sólo se ha interrumpido un instante... si es que me quieres como aseguras. Dentro de pocos días estarás sano... Yo te quiero mucho más que antes porque al verte caer comprendí de una vez hasta dónde habías entrado en mi corazón... Y mi hermano—añadió bajando los ojos y ruborizándose—quiere adelantar la fecha de nuestro matrimonio.

Los ojos de Tristán brillaron con alegría.

—¿Cómo...? ¿Es de veras?

—Eso me ha dicho ayer—respondió Clara dulcemente.

En efecto, Reynoso pensó que estando ya Tristán alojado en su propia casa razones de delicadeza le aconsejaban no demorar la boda hasta octubre y realizarla en cuanto fuera posible. Todos en la casa aplaudieron esta determinación, y Elena fue la primera en celebrarla con gritos de júbilo.

—¡A ver si se le quitan de una vez esos malditos celos!—le dijo al oído a su cuñada.

Tristán los sentía cada día más rabiosos del marquesito del Lago. Este chico, sin darse cuenta de ello, hacía lo posible por mantenerlos vivos; se juntaba a Clara en cuanto tenía ocasión y no sabía luego apartarse de ella. Era seguro que no hablaba más que de caza y lo que con ella se relacionase, pero el obcecado Tristán hallaba en estas conversaciones un sentido misterioso. Cuando el marquesito, por ejemplo, pedía noticias a Clara de las garzas, se imaginaba que el amor salía volando de sus palabras como salen estos graciosos animales de entre los juncos. No solamente, pues, por el cariño profundo que aquélla le inspiraba sino por verse libre de estos celos crueles que le mordían las entrañas experimentó viva satisfacción al saber la noticia.

Apresuráronse los preparativos de boda. En cuanto pudo levantarse se fue a Madrid, pero allí recibía todos los días la visita de Clara y Elena y las acompañaba a las tiendas para comprar lo que aún faltaba y para apremiar a las modistas, joyeros y maestras de confecciones. Él por su parte vigilaba los últimos trabajos realizados en el piso de la calle del Arenal. A última hora se les juntó un día Gustavo Núñez y entró con ellos en el Suizo a tomar un helado. La acogida que Elena le hizo fue desconcertante; pero el pintor tenía la cara dura, no se dio por enterado y tan bien se las arregló con su charla graciosa, insinuante, que al cabo logró hacerla sonreír. No tardó en tomar parte en la conversación y mostrarse como siempre locuaz, traviesa y un poco aturdida. A los pocos días volvieron a encontrarse y Elena mostró desde luego que había olvidado su atroz insolencia. Gustavo, arrepentido de ella, se presentaba respetuoso, amable, cordial, huyendo de toda galantería. Pero esto sólo era en la apariencia; su propósito firme y oculto era bloquear la plaza con todas las reglas del arte, hacer su corte con juicio y cautela. Tanta empleó que cuando las damas se despedían para montar en coche y trasladarse a casa se abstenía de estrechar su mano y sólo se la daba a Tristán. Con éste y otros rasgos de delicadeza logró presto volver a la gracia y a la confianza de la gentil señora de Reynoso.