—¿Y los nobles situados á la derecha de Don Pedro?
—Son distinguidos capitanes españoles que han seguido al monarca en su destierro, y entre ellos he de nombraros á Don Fernando de Castro, el primero junto á las gradas, modelo de caballeros y tan hidalgo como valiente. Frente á nosotros están los señores gascones, cuyo serio y enojado aspecto revela el reciente disgusto que han tenido con Su Alteza. El de elevada estatura y hercúleo cuerpo es Captal de Buch, nombre que habréis oído con frecuencia, pues no hay en Gascuña más famosa lanza. Habla con él Oliverio de Clisón, apellidado el Pendenciero, pronto siempre á enconar los ánimos y atizar la discordia. Una cuchillada en la mejilla izquierda os señalará al señor de Pomers, á quien acompañan sus dos hermanos y les siguen en línea los señores de Lesparre, de Rosem, de Albret, de Mucident y de la Trane. Tras ellos veo numerosos caballeros procedentes del Limosín, Saintonges, Quercy, Poitou y Aquitania, con el valiente Guiscardo de Angle en último término, el del jubón púrpura y ferreruelo guarnecido de armiño.
—¿Qué de los caballeros situados á este lado del salón?
—Son todos ingleses, unos del séquito regio y otros, como vos, capitanes de compañías auxiliares ó del ejército. Ahí tenéis á los señores de Neville, Cosinton, Gourney, Huet y Tomás Fenton, hermano del canciller Guillermo. Fijaos bien en aquel caballero de la nariz aguileña y roja barba, que pone la mano sobre el hombro del capitán de moreno rostro, dura mirada y modesto traje.
—Bien los veo, dijo el barón. Y juraría que ambos están más acostumbrados á ceñir la armadura y repartir mandobles que á figurar entre cortesanos en la regia cámara.
—Á otros muchos nos pasa lo mismo, Sir León, repuso Chandos, y bien puedo asegurar que el mismo príncipe respira más á sus anchas en el campo de batalla que en su palacio. Pero oid los nombres de aquellos dos capitanes: Hugo Calverley y Roberto Nolles.
El señor de Morel se inclinó para contemplar á su sabor á tan famosos guerreros; uno capitán de compañías auxiliares y guerrillero incomparable; el otro paladín renombrado, que desde muy modesta posición habíase elevado hasta ocupar el segundo lugar después de Chandos entre las mejores lanzas inglesas, y conquistádose inmensa popularidad entre los soldados de todo el ejército.
—Pesada mano la de Nolles en tiempo de guerra, continuó el señor de Chandos. Á su paso por tierra enemiga deja siempre tras sí rastro sangriento y en el norte de Francia llaman todavía "Ruinas de Nolles" á los castillos desmantelados y pueblos destruídos que Sir Roberto dejó en aquellas asoladas comarcas.
—Conozco su nombre y no me disgustaría romper una lanza con tan principal y temido caballero, dijo el barón. Pero mirad, muy enojado está el príncipe.
Mientras hablaban ambos nobles había recibido Guillermo el homenaje de otros recién llegados y oído con impaciencia las propuestas de algunos, por lo general aventureros, que ofrecían vender su espada y las reclamaciones de no pocos negociantes y armadores de la ciudad, perjudicados, según ellos, por los excesos de la soldadesca. De repente, al oir uno de los nombres anunciados por el funcionario encargado de presentar á los que solicitaban audiencia, levantóse apresuradamente el príncipe y exclamó: