—Haya paz, señores, ordenó extendiendo el brazo. Quienquiera de vosotros que continúe tan tonta querella fuera de aquí, tendrá que darme cuenta de ello. Necesito el concurso de todas vuestras espadas y no permitiré que las volváis unos contra otros. Abercombe, Morel, Bruce ¿dudáis acaso del valor de los caballeros gascones?
—Eso no haré yo, contestó Bruce, pues demasiadas veces los he visto pelear como buenos.
—Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvide mientras tengan lengua para proclamarlo á todas horas, sin ton ni son, dijo á su vez Abercombe.
—No os demandéis de nuevo, se apresuró á decir el príncipe. Si es de gente gascona el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quien tache á los ingleses de fríos y taciturnos. Pero ya lo habéis oído, señores de Gascuña; los mismos que acaban de tener con vosotros una querella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo honrado caballero. Captal, Clisón, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra.
—La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultar que lo hacían de pésima gana.
—¡Y ahora, á la sala del banquete! prosiguió Eduardo. Ahoguemos hasta el último recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buena malvasía.
Volviéndose entonces hacia sus regios huéspedes, los condujo con toda cortesía á los puestos de honor que les estaban reservados en la mesa servida en la vecina estancia. Tras ellos siguieron los brillantes caballeros de antemano invitados á la mesa del príncipe.
CAPÍTULO XX
DE CÓMO ROGER DESHIZO UN ENTUERTO Y TOMÓ UN BAÑO
RECORDARÁ el lector que Gualtero y Roger se habían quedado en la antecámara, donde no tardó en rodearlos animado grupo de jóvenes caballeros ingleses, deseosos de obtener noticias recientes de su país. Las preguntas menudearon:
—¿Sigue nuestro amado soberano en Windsor?