—¿Qué nos decís de la buena reina Felipa?

—¿Y qué de la bella Alicia Perla, la otra reina?

—El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendo por el cuello y sacudiendo al que acababa de hablar. ¿Sabes que si el príncipe hubiera oído la preguntilla esa te podría costar la cabeza?

—Y como está vacía poco perdería con ella el buen Haroldo.

—No tan vacía como tu escarcela, Rodolfo. Pero ¿qué demonios piensa el mayordomo? Todavía no han empezado á poner la mesa.

—¡Pardiez! En todo Burdeos no hay doncel más hambriento. Si las espuelas de caballero y los ricos cargos se ganasen con el estómago, serías ya lo menos condestable.

—Pues digo, que si se ganasen empinando el codo, Rodolfito mío, te tendríamos de canciller hace años.

—Basta de charla, exclamó otro, y que hablen los escuderos de Morel. ¿Qué se dice por Inglaterra, mocitos?

—Probablemente lo mismo que al salir de ella vosotros, contestó picado Gualtero. Sin embargo, tengo para mí que no se hablaba ya tanto como cuando andaban por allí muchos parlanchines....

—¡Hola! ¿Qué quiere decir eso, moderno Salomón?