—¿Pues y los insultos de Tránter? ¿No empezó él por poner su mano en los cabellos del otro? dijo Haroldo.
—Habla tú, Tránter. Ha habido ofensa por ambas partes y bien podrían quedar las cosas como están.
—Todos vosotros me conocéis, dijo Tránter, y no podéis dudar de mi valor. Que recoja su guante y reconozca que ha hecho mal, y no volveré á hablar del asunto.
—Mala centella lo parta si tal hace, murmuró Gualtero.
—¿Lo oís, joven? preguntó Germán. El escudero ofendido olvidará el golpe si le decís que habéis obrado precipitadamente.
—No puedo decir tal cosa, declaró Roger.
—Tened en cuenta que solemos poner á prueba el valor de los escuderos recien llegados, para saber si debemos de tratarlos como amigos. Vos habéis tomado esa prueba como ofensa mortal y contestado con un golpe. Decid que lo sentís, y basta.
—No llevéis las cosas á punta de lanza, dijo entonces Norbury al oído de Roger. Conozco al tal Tránter, que no sólo es superior á vos en fuerza física sino muy hábil en el manejo de la espada.
Pero Roger de Clinton tenía en las venas noble sangre sajona, y una vez irritado era muy difícil aplacarlo. Las palabras de Norbury que le indicaban un peligro acabaron de afirmarlo en su resolución.
—He venido aquí acompañando á mi señor, dijo, y en la inteligencia de que me rodeaban ingleses y amigos. Pero ese escudero me ha hecho un recibimiento brutal y lo ocurrido es culpa suya. Pronto estoy á recoger mi guante, mas ¡por Dios vivo! no sin que antes me pida él perdón por sus palabras y ademanes.