—Veo que os gustan, dijo el artista al notar la expresión de grata sorpresa reflejada en los semblantes de ambos hidalgos. Lo cual me prueba que no faltan ingleses capaces de apreciar tales fruslerías.

—Nunca lo hubiera creído posible, exclamó Roger. ¡Qué colorido, qué perfilado! Admira, Gualtero, este Martirio de San Esteban; no parece sino que tú ó yo podríamos coger esas piedras ahí pintadas.

—¿Pues y este ciervo, con la cruz que sobre su cabeza destella como una aparición portentosa? Es perfecto; no he visto ciervos más naturales en los bosques de Bere.

—Mira la hierba, de un verde claro, que parece movida por el viento. ¡Por vida de! Cuanto he pintado hasta la fecha ha sido juego de niños. Este hombre debe de ser uno de aquellos grandes artistas de quienes me hablaba el hermano Bartolomé allá en Belmonte.

Una expresión de profundo contento animó el cetrino rostro del artista al oir aquellos espontáneos elogios. Su hija se había quitado el manto que hasta entonces cubriera sus hombros y cabeza y los dos jóvenes admiraron en ella uno de los tipos más acabados de la belleza italiana, que muy pronto atrajo toda la atención y las miradas de Gualtero.

—¿Y qué me decís de esto? preguntó el anciano, desenvolviendo el paquete que tantas zozobras le había proporcionado.

Era una lámina de vidrio en forma de hoja enorme y pintada en ella una cabeza de admirables líneas, rodeada de resplandeciente aureola. Era tan natural el colorido, tanta la verdad y la expresión del rostro, que parecía imagen viva, mirando dulcemente á los ojos de Roger. Este palmoteó, con el entusiasmo que la belleza produce siempre en todo verdadero artista.

—¡Es un portento! exclamó; y me admira que hayáis arriesgado por las calles una maravilla tan frágil como ésta.

—Confieso que fué grave imprudencia. ¡Un frasco de vino, Tita, pero del mejor, del florentino! Sin vuestro auxilio no sé qué hubiera sucedido. Examinad bien la tez; á mí mismo me resulta muchas veces demasiado obscura, enrojecida por haberse caldeado los colores, ó pálida y falta de vida. Pero aquí se ven latir las sienes y se siente correr la sangre bajo esa piel bronceada. La pérdida de este trabajo hubiera sido para mí una calamidad irreparable. Está destinado á la iglesia de San Remo y esta tarde fuí con mi hija para ver si ajustaba bien en el marco de piedra que allí lo espera. Me demoré más de lo que esperaba, cerró la noche y ya sabéis lo que sucedió después. Pero vos también, hidalgo, parecéis tener aficiones artísticas. ¿Sois pintor?

—Apenas me atrevo á responderos afirmativamente después de lo que aquí he visto, contestó Roger. Criado y educado en el claustro, no fué tarea muy difícil la de manejar los pinceles mejor que los otros novicios.