—Ahí tenéis colores, pinceles y cartón, dijo el viejo artista, y no os doy vidrio porque eso requiere conocimientos especiales y bastante tiempo. Os ruego que me déis una muestra de vuestro trabajo. Gracias, hija mía. Llena los vasos hasta el borde.
Gualtero sostenía conversación animada y al parecer muy interesante con la hermosa doncella, expresándose él en una mezcla de francés é inglés y ella en graciosas frases franco-italianas, lo cual no les impedía entenderse perfectamente. El artista examinaba atento su última y maravillosa creación para ver si la pintura había sufrido algún rasguño y en tanto Roger manejaba rápidamente los pinceles, hasta dejar bosquejadas las facciones y el torneado cuello de bellísima mujer.
—¡Bravo! exclamó el maestro; sois pintor, no hay que dudarlo y podéis llegar á serlo muy bueno. ¡Es la cara de un ángel!
—Decid más bien la cara de mi señora Constanza de Morel, exclamó sorprendido Gualtero.
—Algo se le parece, á fe mía, dijo Roger un tanto confuso.
—¿Con que un retrato? Tanto mejor y más difícil. Joven, soy Agustín Pisano, hijo del maestro Andrés Pisano y os repito que tenéis mano de artista. Diré más; que si os quedáis en mi compañía os enseñaré el secreto de la preparación de esos trabajos sobre vidrio que ahí véis; la composición de los pigmentos y sus mezclas, cómo espesarlos, cuáles penetran el vidrio y cuáles no, el caldeado y glaseado de las placas, en fin, todos los detalles del oficio.
—Mucho me placería practicar y aprender con tan gran maestro, dijo el doncel, pero mi deber me obliga á seguir á mi señor, por lo menos mientras dure la guerra.
—¡Guerra, guerra! ¡Siempre lo mismo! exclamó Pisano. Y por consiguiente llamáis héroes y grandes hombres á los que más destruyen y matan. ¡Per Bacco! para hombres notables, de verdadero mérito, dignos de toda gloria, los artistas que tenemos en Italia, los que edifican en lugar de destruir, los que han creado las bellezas artísticas de mi noble Pisa, los que ennoblecen á toda la nación, los Andrés Orcagna, Tadeo Gaddi, Giottino, Stefano, Simón Memmi, maestros cuyos colores sería yo indigno de mezclar. Y me ha tocado en suerte el contemplar con mis propios ojos sus obras inmortales. He visto al anciano Giotto, discípulo á su vez del gran Cimabue, con anterioridad al cual sostengo que no existía el arte en Italia y hubo que importar artistas griegos para decorar la capilla de los Gondi de Florencia. ¡Ah, señores, esos son los grandes hombres, los bienhechores de la humanidad, cuyos nombres vivirán eternamente! ¡Qué contraste con vuestros soldados, que aspiran á la gloria asolando comarcas enteras, recorriendo la tierra á sangre y fuego!
—Pues tengo para mí que tampoco están de más los soldados, observó Gualtero. De otra suerte ¿cómo podrían esos artistas que nombráis proteger y conservar los productos de su genio?
—De los cuales tenemos no pocos á la vista, agregó Roger. ¿Son todos estos trabajos de vuestra mano?