—Una barbilla preciosa, Roger.

—Sin embargo ¿no te parece que el conjunto hubiera ganado bastante con medio palmo más de bien poblada barba?

—¡Ave María Purísima! Pero ¿de dónde has sacado tú que Tita tenga barbas?

—¿Tita? ¿Quién habla de ella?

—¿Pues de quién demonios estás hablando?

—De la magnífica figura destinada á la iglesia de San Remo, ¿no recuerdas? Aquella cabeza de santo....

—¡Anda, anda! exclamó Gualtero riéndose. Miren con lo que nos sale ahora. Tú sí que eres un menjurje de vándalo, normando, alano y perro moro, como nos llamaba á los ingleses el buen Pisano. ¿Quién se acuerda de cuadros ni pinturas cuando se tiene delante un ángel del cielo, hechura del mismo Dios, como la incomparable Tita? ¡Quién va!

—Me manda el sargento Simón, dijo un arquero acercándoseles apresuradamente, para deciros que el señor barón ha resuelto pasar la noche en el alojamiento del canciller de Chandos y no necesitará vuestros servicios. Simón está en esa taberna con algunos camaradas y dice que si quisierais trincar con nosotros....

—Á fe mía, dijo riéndose Gualtero, que con sus cantos y gritos hacen bastante algazara para anunciar su presencia sin necesidad de guías ni emisarios. ¡Adelante!

Á dos puertas se oía el estrépito de la francachela. Entraron por un portalón bajo y al final de estrecho corredor se hallaron en una gran sala iluminada por dos antorchas. Junto á las paredes, en casi toda la extensión del local, montones de paja sobre la cual reposaban veinte ó treinta arqueros de la Guardia Blanca, sentados ó reclinados sobre el codo, sin capacetes, coletos ni espadas y con sendos recipientes de cuero y estaño llenos de cerveza ó vino, según el gusto de cada cual. Dos toneles colocados en un extremo de la estancia indicaban que no faltaría con qué llenar de nuevo aquellos enormes cubiletes, cuantas veces lo exigiese la sed de los arqueros. Junto á los toneles y como presidiendo la reunión, hallábanse el portaestandarte Reno, Simón, Tristán y otros tres ó cuatro arqueros veteranos, amén del valiente Golvín, capitán del Galeón Amarillo, que había ido á tomar unos tragos en compañía de sus alegres compañeros de viaje antes de emprender el de regreso á Inglaterra. Gualtero y Roger tomaron asiento entre Reno y Simón, sin que su llegada acallara por un momento el bullicio.