—¡Pero la batalla, Simón, la batalla! gritaron muchos. ¡Cuenta, cuenta!

—¡Á callar se ha dicho, moscones! berreó el sargento. "¡Cuenta, Simón!" Pues no hay cuento que valga hasta que me haya remojado el gaznate. ¡Buena cerveza! Era en el otoño de 1356; nuestro príncipe Eduardo tomó por Auvernia, el Berry, Anjou y Turena, y de Auvernia os diré que las muchachas son zalameras y el vino agriado. En Berry dadle vuelta y aprended que las mozas son hoscas y el vino una bendición. Pero Anjou es gran tierra para los arqueros decentes, porque allí vino y mujeres son unas mieles. Lo único que saqué de Turena fué una descalabradura, pero en Vierzón, en un monasterio de órdago, me hice con un copón de oro por el cual me dió treinta ducados un judío genovés. De allí, anda que anda hasta llegar á Bourges, donde me tocó en suerte una túnica de seda carmesí labrada de oro y perlas, como vosotros no la veréis jamás, y un par de borceguíes con borlas de seda blanca, lo mismo que los del rey nuestro señor.

—¿Los arrebañaste en alguna tienda, Simón?

—¡Se los quité de los pies á un caballero enemigo, so lagarto! Bien pensado el caso, me dije que él no había de necesitarlos más, visto que le salía por pecho y espalda una flecha mía de las gordas....

—¿Qué más, qué más?

—Nos dimos otra zampada de camino, y éramos lo menos seis mil arqueros cuando llegamos á Isodún, donde también me favoreció la suerte.

—¿Otra batalla? ¿Otro par de botas, Simón? se oyó decir á los arqueros.

—No, algo mejor que eso. En las batallas poco hay que ganar, como no sean testarazos, á menos que se logre rescate por algún pájaro gordo. Lo que hubo fué que en Isodún yo y otros tres muchachos de Gales nos metimos en un caserón muy grande que los otros camaradas pasaron por alto y allí descubrí y me apropié un cobertor de finas plumas como sólo los estilan las duquesas de Francia. Tú lo has visto, Tristán, y sabes si es rico y mullido. Lo acomodé bien envuelto sobre una mula del vivandero y allá lo tengo en una venta cerca de Dunán, para el día en que me case. ¿Te acuerdas de la ventera, mon petit? preguntó á Roger, guiñándole el ojo.

—¡Adelante! vocearon tres ó cuatro arqueros.

—Eso es, continuó el veterano. Que otros saquen las castañas del fuego para que vosotros os estéis como unos papanatas oyendo historias con la boca abierta. ¡Buena cerveza! Nuestros seis mil tunantes, el príncipe y sus caballeros, yo y la mula con el cobertor de pluma salimos por fin de Turena, dejando allí sangrienta memoria. En Romorantín topé con una cadena y unos brazaletes de oro, pero topé también con una mozuela como un sol, que me los robó al día siguiente. Porque habéis de saber que hay gentes que no vacilan en apoderarse de lo ajeno....