—¡Al grano, Simón! ¡Esa batalla!

—Todo se andará, cachorros, si me dejáis respirar. Pues sucedió que el rey de Francia, llamado Juan II, se puso al frente de cincuenta mil hombres y nos persiguió furiosamente. Pero lo bueno fué que cuando nos alcanzó, seguro de pasarnos á cuchillo, se halló con que no supo cómo atacarnos ni cómo cogernos, porque lo esperamos esparcidos por los vallados y viñedos de unas alturas, hasta donde sólo podían subir por una ladera y eso al descubierto, ofreciéndonos magnífico blanco. Así ocultos y protegidos, formaban nuestra derecha los arqueros, con los hombres de armas á la izquierda, los caballeros en el centro y detrás de ellos la mula del cobertor. Trescientos caballeros franceses se dirigieron hacia ella en línea recta, para empezar, y muy valientes y apuestos parecían, pero los cogió en el camino tal nublado de flechas que pocos escaparon con vida. Tras ellos subieron al ataque los soldados tudescos al servicio del rey Juan y pelearon muy guapamente, tanto que tres ó cuatro se colaron por entre los arqueros y corrieron hacia la preciosa mula. Pero trabajo inútil, porque ví á nuestro capitán, el sin par barón de Morel, destacarse del grupo de nobles, con su parchecito sobre un ojo como lo lleva estos días y despachar á aquellos perdularios con toda calma. En seguida el barón se lanzó contra el grueso de los asaltantes, seguido de Lord Abercombe con sus cuatro escuderos del Chesire y otros de igual temple, tras ellos Chandos y el príncipe y detrás nosotros con espada y hacha, porque habíamos agotado las flechas. Muy imprudente fué aquella maniobra nuestra, porque no sólo abandonamos la protección del terreno sino que dejamos sin defensa á la mula del vivandero y cualquier taimado francés ó tudesco pudo hacerla prisionera con el tesoro mío que llevaba encima. Pero todo salió bien, cayeron en nuestro poder el rey Juan y su hijo, Nelson y yo descubrimos un carro con doce barriles de vino generoso destinado á la mesa del rey... y no sé cómo fué, muchachos, pero os aseguro que no me acuerdo de lo que sucedió después, ni tampoco pudo recordarlo Nelson.

—¿Y al día siguiente?

—Como podéis figuraros, no perdimos mucho tiempo por aquellos andurriales, sino que tomamos al trote el camino de Burdeos, á donde llegamos sin tropiezo con el rey de Francia y el cobertor de pluma. Vendí el resto de mi botín, mes garçons, por tantas monedas de oro como cupieron en mi bolsón de cuero y por siete días tuve doce velas encendidas en el altar del bendito San Andrés, porque sabido es que si olvidáis á los santos cuando las cosas marchan bien es muy probable que ellos se olviden de vosotros cuando los necesitéis.

—Decidme, sargento, preguntó un mozalbete desde el extremo opuesto del cuarto ¿á qué cuento fué la batalla aquella?

—¿Ahora salimos con esas, rocín? ¿Pues á qué cuento había de ser sino á dejar sentado una vez por todas quién había de llevar la corona de Francia?

—Bueno es saberlo. Creíame yo que era para averiguar quién debía de quedarse con vuestro cobertor de pluma....

—Mira, hijo, que si me llego á tí con este cinto mío y empiezo á darte zurriagazos lo vas á sentir de veras, dijo Simón entre las carcajadas de todo el concurso. Pero se hace tarde, Reno, y cuando los polluelos empiezan á piar contra gallos viejos como yo, es hora de que vuelvan al gallinero.

—¡No, no, venga otra canción! gritaron muchos.

—¡Que cante Sabas! Como él no hay otro en la Guardia Blanca. ¡Que cante, que cante!