—Mucho que sí, de allí vengo y en ella he vivido hasta hoy.
—Loado sea Dios, porque en tal caso podréis decirme quién es un fraile como un dragón, con la cara llena de pecas, los ojos negros y el pelo rojo, á quien por mi mal acabo de encontrarme en este camino. ¿Le conocéis? No puede haber otro tan grande ni tan malvado como él en la abadía.
—Por las señas es ése el novicio Tristán de Horla. ¿Qué os ha hecho?
—¡Pesia mi alma que lo hecho por él no lo hicieran conmigo salteadores de camino! No sino que el menguado me quitó cuanta ropa llevaba puesta dejándome en gregüescos y después me enjaretó este sayal blanco, quedándome yo aquí corrido y sin atreverme á volver al pueblo y mucho menos á presentarme á mi mujer, que si me ve en esta guisa pondrá el grito en el cielo, tratándome de borracho y correntón.
—¿Pero cómo fué eso? preguntó el amanuense, que á duras penas podía contener la risa.
—Yo os lo contaré de la cruz á la fecha, repuso el otro. Pasaba por este mismo camino y muy cerca del lugar en que estamos, cuando me topé con el fraile bandido de la cabeza roja. Creyéndolo un religioso como Dios manda, entregado á sus oraciones, lo saludé y seguí mi marcha hacia Léminton, donde vivo y me gano el sustento como batanero que soy. Pero á los pocos pasos oí que me llamaba; volvíme y me preguntó si tenía noticia de la nueva indulgencia concedida á favor de los monjes del Císter. "No," le contesté. "Tanto peor para vuestra salvación eterna," me dijo; y habló largamente de la gran estimación de Su Santidad por las virtudes del abad de Berguén y cómo en reconocimiento y recompensa de las mismas había resuelto el Papa conceder indulgencia plenaria á todo pecador que vistiese el hábito cisterciense y lo tuviese puesto el tiempo necesario para recitar los siete Salmos de David. Al oirlo me arrodillé á sus pies, rogándole que me dejase obtener tan grande gracia prestándome su hábito, á lo que se avino después de muchas súplicas y de entregarle yo doce sueldos para dorar la imagen del bendito San Lorenzo. Quitádose que hubo esta vestimenta, tuve que prestarle mi buen jubón y calzas de paño para que no le viese algún caminante en ropas menores y aun me pidió el grueso par de medias que yo llevaba para preservarse, dijo, del airecillo algo frío, mientras rezaba yo mis oraciones. Llegado apenas al segundo salmo, acabó él de arroparse y gritándome que procurase conducirme cual cuadraba á un piadoso fraile, apretó á correr camino arriba como si lo persiguieran los demonios. Cuanto á mí, pecador, ni puedo correr metido en este saco harinero que por todos lados me sobra, ni tampoco es cosa de quitármelo y presentarme en el pueblo sin más vestimenta que una almilla rabona, unos gregüescos remendados y un par de zapatos. Ni siquiera medias. ¡Por vida del fraile ladrón!
—No os descorazonéis, buen hombre, dijo el doncel, que bien podréis trocar vuestro sayal por un jubón en el convento, cuando no tengáis más cerca algún conocido que os saque del paso.
—Sí tengo, repuso el batanero. Allende el seto vive un pariente de mi mujer, pero la suya es lo más mordaz y maldiciente que conozco y como mi aventura llegase á oidos de aquella bruja no me atrevería á asomar la cara fuera de mi casa en un mes. Pero si vos quisierais, mi buen señor, podríais hacerme una grandísima merced con sólo desviaros de vuestro camino cosa de dos tiros de ballesta y....
—Eso haré yo de muy buena gana, dijo Roger compadecido del pobre hombre á quien en tan duro trance habían puesto las diabluras de Tristán, su amigo del convento.
—Pues tomad aquel sendero de la izquierda, que no tardará en llevaros á un claro del bosque, y allí veréis la choza de un carbonero. Decidle que os dé un par de prendas de ropa y que os envía con grande urgencia maese Rampas, el batanero de Léminton. Razones tiene para no negarme eso que en nombre mío váis á pedirle.