Hízolo Roger como se lo decían y halló muy pronto la cabaña y sola en ella á la mujer del carbonero, por hallarse su marido trabajando en el monte. Expuso su misión y complaciente la mujer comenzó enseguida á preparar el hatillo, mientras Roger la contemplaba con la curiosidad natural en quien jamás había hablado á una mujer y mucho menos vístose mano á mano con una hija de Eva en solitaria cabaña perdida en el bosque. Observó que sus desnudos brazos eran de redondeadas formas, aunque requemados por el sol y que llevaba modesta basquiña parda y un pañolón cruzado y prendido sobre el pecho con enorme alfiler de cobre.

—¡Maese Rampas el batanero! repetía ella yendo de aquí para allá en busca de las ropas. Si fuese yo su mujer ya le enseñaría á dejarse desbalijar en medio del camino por el primer perdulario que pase. Pero á bien que él ha sido siempre un alma de Dios y que no he de ser yo quien le ponga tachas ni le niegue un favor, que muy grande me lo hizo él pagando de su bolsillo el entierro de Frasquillo, mi hijo mayor, á quien tenía de aprendiz en el batán y me lo llevó la peste negra de hace dos años. ¿Y quién sois vos, mi buen señor?

—Un caminante. Vengo de Belmonte y me propongo llegar á Munster esta noche ó mañana.

—Y viniendo de Belmonte, me basta miraros para conocer que habéis sido discípulo de los monjes. Pero conmigo no hay por qué bajar los ojos ni poneros rojo como un pimiento. ¡Bah! ¿Á mí qué? ¡Buenas cosas os habrán contado los frailes de nosotras las mujeres, y á fe que se diría que ninguno de ellos ha conocido ni querido á su propia madre! ¡Bonito estaría el mundo si los padres priores echasen de él á todas las mujeres!

—No lo quiera Dios, dijo fervientemente Roger.

—Amén mil veces. Pero vos sois un gentil mozo y tanto más me lo parecéis á mí por lo mismo que sois á la vez modesto y comedido. Fácil es ver también que no habéis pasado vuestros pocos años á la intemperie, sufriendo las inclemencias del frío en invierno y quemado por los rayos del sol en verano, como tuvo que sufrirlo mi pobre Frasquillo, y eso que no había cumplido los catorce cuando me lo llevó Dios.

—La verdad es que he visto muy poco del mundo, buena mujer, respondió el joven.

—Tanto mejor para vos. Y ahora, aquí tenéis el hatillo para el bueno de Rampas y decidle que no se dé prisa por devolver esas ropas. Cuando buenamente pase por aquí cerca puede dejarlas en la cabaña. ¡Virgen Santa, cómo estáis cubierto de polvo! Bien se ve que en los conventos no hay mujer que os cuide. Os limpiaré un poco. ¡Vaya! Y ahora, dadme un beso é id en paz.

Inclinóse Roger para que ella lo besase, saludo muy en boga en Inglaterra por aquella época, y así lo hizo notar Erasmo mucho después, diciendo que el beso como saludo era más usado en aquel reino que en ningún otro país. Pero la experiencia era nueva para Roger, y el contacto de la villana le produjo una impresión para él desconocida hasta entonces. Pensando iba en ello al dejar la casuca y recordó las palabras del abad, acabando por preguntarse qué hubiera dicho y sentido éste en caso parecido al suyo. Pero llegado de nuevo al camino vió Roger un cuadro que le hizo olvidar todo lo restante.

El malhadado maese Rampas se hallaba á corta distancia del lugar donde él lo dejara, gimiendo, pateando y desesperándose más que nunca y lo que era peor, sin el hábito, ni más vestimenta que una cortísima almilla y los zapatos. Á lo lejos desaparecía entre los árboles á todo correr un hombrachón que llevaba un lío en una mano y apoyaba la otra sobre el costado como si le dolieran los ijares de tanto reirse.