—Pues nadie lo diría al ver lo repleto y lucio que estáis, buen hombre, dijo Simón mirándole atentamente.

—Con esas ligeras palabras no hacéis más que aumentar mi pena, dijo el ciego. Me véis repleto y obeso al parecer y por ende me creéis bien comido, cuando lo que en realidad me hincha y me mata es una hidropesía incurable.

—¡Pobre hombre! murmuró Roger.

—¡Mala centella me parta si vuelvo á decir palabra! exclamó el arquero arrepentido.

—No juréis, dijo el peregrino, y por lo que á mí toca os perdono de corazón. Mis desgracias y mi desamparo han llegado á tal extremo que por fin me veo obligado á deshacerme de mis tesoros para procurarme algunos recursos con que terminar mi viaje. Voy al santuario de Nuestra Señora de Rocamador y allí espero acabar mis días.

—¿Y qué tesoros son esos de que habláis?

—Helos aquí, sobre esta tabla. Ante todo este clavo, uno de los que contribuyeron al infame suplicio que tuvo por consecuencia la redención de la humanidad. Obtuve esta reliquia invaluable de los descendientes de José de Arimatea, que viven todavía en Jerusalén.

—¿Y esas piedras y maderas? preguntó Tristán, no menos sorprendido que sus compañeros.

—Una astilla de la verdadera cruz, otra del arca de Noé y la tercera de la puerta del gran templo de Salomón. De los tres cantos que aquí tengo, el menor fué uno de los que le arrojaron á San Esteban sus crueles verdugos, y los otros dos proceden de la torre de Babel. Mucho me ha costado obtener estas preciadas reliquias y por todo el oro del mundo no me hubiera separado de ellas; pero próximo á morir, porque siento que mis días están contados, os ofrezco las que queráis, al precio que vuestros recursos os permitan ofrecerme.

Transportado Roger y sin reflexionar gran cosa, se volvió hacia sus compañeros diciéndoles: