—Ocasión como esta no volverá á presentársenos en toda la vida. Sin el clavo ese no me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer á la abadía de Belmonte.
—Como yo le llevaré á mi madre esa piedra que le arrojaron al santo, dijo Tristán.
—Pues á mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo por su parte Simón, y aquí os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan.
—Y aquí van dos más, agregó Tristán.
—Y cuatro míos, dijo Roger.
Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevándose aquellas venerables reliquias tan impensada cuanto fácilmente adquiridas.
Lo malo fué que á poco andar dieron con una herrería, donde se detuvieron para atender al caballo de Simón, que mucho necesitaba los servicios del herrero. En conversación con éste, contóle Simón su reciente encuentro y la gran compra que habían hecho; ver el rústico las reliquias y echarse á reir fué todo uno, y asiendo un cajón lleno de luengos clavos se lo presentó á Roger.
—Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorros y astillas del santo varón no proceden del montón aquel que está á mi puerta y donde yo mismo se los ví tomar no hace dos horas y meterlos en su zurrón. El clavo me lo pidió él mismo y yo se lo dí. ¡Por vida de! Sobrado crédulos sois para soldados.
Oir aquello y echar á correr en busca del tramoyista viejo fué todo uno. Á poco lo vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, pero también los divisó él á buena distancia y suponiendo la embajada que llevaban, prescindió de su ceguera y dejando el camino se metió por los jarales y ganó el bosque, dejando más que mohinos á los tres amigos, tan bonitamente burlados.