—Un peligro grande te amenaza, Bertrán, en este mismo instante.

—¡Bah! Un soldado está siempre en peligro, dijo el gran campeón francés con tranquila sonrisa.

—Pero tus enemigos se ocultan, se arrastran, te rodean en este momento. ¡Ah, Bertrán! ¡Guárdate!

Tal expresión de terror manifestaban sus facciones descompuestas y los ojos desmesuradamente abiertos, que Duguesclín miró rápidamente en torno de la sala, clavó la vista por breves instantes en los tapices que cubrían las paredes y luégo en los anhelantes rostros de sus amigos.

—Esperaré ese peligro si él no me espera á mí, dijo. Y ahora, Leonor, habla. ¿Cuál será el término de la guerra de España?

—Apenas puedo ver lo que allí sucede. Espera.... Grandes montañas y más allá una extensa y árida llanura, el chocar de las armas, los gritos del combate. El fracaso mismo de tu misión en España te dará el triunfo en definitiva....

—¿Qué decís á eso, barón? Amargo y dulce á la vez, ó como si dijéramos, un favor y un disfavor. ¿No queréis hacer vos mismo alguna pregunta?

—Si me lo permitís. ¿Os place decirme, señora, qué sucede allá en el castillo de Monteagudo?

—Para contestar á esa pregunta necesito posar mi mano sobre una persona cuya memoria y cuya mente estén fijas de continuo en ese castillo de que habláis. ¿Vuestra mano? No, barón; otra persona hay aquí cuyo pensamiento permanece fijo en Monteagudo aun con más insistencia que el vuestro....

—Me asombráis, noble señora, balbuceó Morel.