—Acercáos, joven de los rubios cabellos rizados, dijo doña Leonor extendiendo la diestra en dirección de Roger. Poned vuestra mano sobre mi frente. Así, esperad. Una niebla espesa de la cual se destaca enorme torre cuadrada; la niebla se disipa, ya veo las murallas, la fortaleza toda, en una verde colina, con el río á sus pies, las olas del mar á distancia y una iglesia á tiro de ballesta de las almenas. Junto al río se alzan las tiendas de los sitiadores.
—¡Los sitiadores! exclamaron á la vez el barón, Gualtero y Roger.
—Sí, que asaltan los muros con vigor. Ya plantan las escalas y disparan un nublado de flechas. Allí su jefe, alto y hermoso, con luenga barba rubia, lanza á sus soldados contra la maciza puerta. Pero los del castillo se defienden valerosamente. Una mujer, sí, una heroína los manda. Dos, dos mujeres sobre la muralla animan á las gentes de Morel, que devuelven golpe por golpe y lanzan grandes piedras sobre sus enemigos. Cayó el jefe de éstos y sus soldados retroceden, huyen, todo se obscurece, nada más veo ya....
—¡Por San Jorge! exclamó el barón. Apenas puedo creer que Salisbury y Monteagudo sean teatro de tales escenas; pero habéis hecho tan exacta descripción del terreno y la fortaleza que me llenáis de asombro y de temor.
—Aprovechad los momentos si algo más queréis saber, dijo Duguesclín.
—¿Cuál será el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia é Inglaterra? preguntó uno de los escuderos franceses.
—Ambas conservarán lo que es suyo, contestó la dama.
—¿Luego nosotros seguiremos dominando en Gascuña y Aquitania? preguntó el señor de Morel.
—No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ella las reconquistará y conservará.
—¿Pero no Burdeos?