—Burdeos es también Francia.
—¿Y Calais?
—También Calais.
—¡Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclamó el barón. ¿Qué le quedará entonces á Inglaterra?
—Permitid, barón; y vos, señora, decidme antes ¿cuál será el porvenir de nuestra amada patria? preguntó lleno de júbilo Duguesclín.
—Grande, rica y poderosa. Á través de los siglos véola al frente de las otras naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerra pero más grande aún en la paz, progresiva y feliz, sin más monarca que la voluntad de sus hijos, una desde Calais hasta los azules mares del sur.
—¿Oíslo, señor de Morel? exclamó triunfante el caudillo francés.
—Pero ¿qué de Inglaterra? preguntó tristemente el barón. La profetisa parecía contemplar con profunda sorpresa un cuadro insólito, un espectáculo para ella inesperado.
—¡Dios mío! exclamó por fin. ¿De dónde proceden esos vastos pueblos, esos estados poderosos que ante mí se levantan? Y más allá otros, y otros, allende los mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenan los martillos de sus fábricas y las campanas de sus iglesias. Sus nombres, muchos, son ingleses y también la lengua que hablan. Otras tierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son también tierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, así bajo el sol de los trópicos como entre las nieves del polo. La sombra de Inglaterra se extiende al otro lado de los mares. ¡Bertrán, Bertrán! ¡Nos vencen, porque el menor de sus capullos es más hermoso que la mejor y más perfumada de nuestras flores!
La profetisa dió una gran voz, alzóse del asiento y cayó desvanecida en brazos de su esposo, que dijo conmovido: