Los que llegaban bajando los escalones de cuatro en cuatro eran un escudero francés y el caballero bohemio, con una herida en la frente el último.

—Habla, Godofredo, dijo Duguesclín al escudero. ¿Conoces alguna salida libre?

—La única es el subterráneo secreto que da al campo y por él han entrado esos bandidos con el auxilio de algún traidor dentro de la fortaleza. El caballero hospitalario, que venía delante de nosotros, cayó muerto allá arriba de un hachazo en el cráneo. La servidumbre y la guarnición han sido pasadas á cuchillo. Somos los únicos que han escapado con vida hasta ahora. En mi opinión el único recurso es refugiarnos en la torre, cuyas llaves véis allí, pendientes del cinto de mi infortunado señor. Una vez en ella podremos defender con más ventaja la estrecha escalera; los muros de la torre son gruesos y el fuego tardará mucho en consumirlos. Con tal que podamos conducir á la dama....

—Iré yo misma, se oyó decir á la noble señora, que apareció pálida y grave á la puerta de la habitación que con su esposo ocupara aquella noche fatal. Estoy acostumbrada á los azares de la guerra, y si vuestra protección, valientes caballeros, fuese insuficiente, jamás caeré viva en manos de esos malvados.

Al decir esto, mostró en su diestra agudísima daga.

—Leonor, dijo Duguesclín, os he amado siempre, pero en este instante más que nunca. Si la Virgen nos permite protegeros, hago voto de ofrecer una corona de oro á Nuestra Señora de Rennes. ¡Adelante, amigos!

Los asaltantes, cansados de matar, se dedicaban al saqueo. Sólo un grupo bastante numeroso atizaba el fuego y observaba en silencio los progresos del incendio. Al pie de la escalera tortuosa por donde los guió el escudero francés hallaron los fugitivos á un desarrapado centinela, de quien dió pronta cuenta una flecha disparada por la segura mano de Simón. Pequeña puerta los separaba del gran patio del castillo y al otro lado de ella se oían las voces y carcajadas de multitud de enemigos, ebrios de sangre y enloquecidos con su triunfo. Aun el hombre más animoso hubiera vacilado antes de salvar aquella frágil barrera, pero Duguesclín puso fin á toda indecisión abriendo de golpe la puertecilla.

—¡Hacia la torre, á la carrera! gritó. ¡Los dos arqueros delante, mi esposa entre los dos escuderos y los señores de Reiter y Morel á retaguardia, para contener á esa gentuza!

Así lo hicieron y con tanta rapidez que habían recorrido ya la mitad del gran patio del castillo, antes de que los sorprendidos villanos comenzaran á atacarlos. Los arqueros derribaron en un abrir y cerrar de ojos á los pocos que se pusieron en su camino, y los que llegaron á perseguirlos de cerca mordieron el polvo, atravesados por las temibles espadas de los tres nobles. Llegaron sin tropiezo á la puerta de la torre y el escudero francés, que procuraba abrirla, lanzó de repente un grito de angustia y desesperación.

—¡Esta no es la llave! exclamó, y fuera de sí dió dos pasos en dirección del ala del castillo que acababan de dejar, como si quisiera ir á pedir al cadáver de su señor la llave salvadora.