En aquel momento un hercúleo campesino lanzó contra él enorme piedra, que le dió de lleno en la cabeza y lo tendió sin sentido á los pies del barón.
—¡Esta es para mí la mejor llave! rugió Tristán; y levantando la pesada roca la lanzó á su vez con irresistible fuerza contra la puerta de la torre.
Un momento después acababa de echarla abajo el gigantesco arquero y los fugitivos entraron por fin en aquel momentáneo refugio.
—¡Vos arriba, señora! exclamó el barón indicando á Doña Leonor la escalera de piedra, en tanto que Duguesclín y sus compañeros derribaban malheridos á los cuatro agresores más próximos.
Los demás retrocedieron vociferando y amenazadores siempre, pero quedándose á prudente distancia, después de destrozar el cuerpo del infeliz escudero; acto de crueldad que vengó Tristán abalanzándose sobre la chusma y asiendo con sus nervudas manos á dos villanos, cuyas cabezas golpeó una contra otra con fuerza tal que ambos quedaron tendidos en el suelo, sin dar señales de vida.
—Ahora organicemos la defensa de la torre, dijo Duguesclín. El barón y yo al pie de la escalera; Inglaterra y Francia pelearán hoy juntas contra el enemigo común. El señor Otón de Reiter y el joven escudero de Morel ahí, en el primer escalón; los arqueros algo más arriba, para que puedan manejar sus arcos. ¡Atención!
Á la primera señal de ataque por parte de la furiosa multitud se oyeron silbar dos flechas, lanzadas por Tristán y Simón, y los dos que parecían jefes de los bandidos quedaron revolcándose en su sangre á la entrada de la torre. Otros dos tuvieron igual suerte y entonces los sitiadores desesperados se lanzaron en tropel al ataque. Poco hubiera durado la resistencia sin la estrechez de la puerta y de la escalera, que impedían los movimientos del enemigo, en tanto que cuatro espadas incansables hacían tremendo estrago en aquella apretada masa de hombres mal armados. Porfiada fué la lucha, pero terminó con la retirada del enemigo, no sin que los sitiados tuvieran que deplorar la muerte de Reiter, el caballero bohemio, á quién alcanzó en la cabeza un golpe de maza.
—Primera etapa, dijo tranquilamente Duguesclín. Parece que por ahora tienen bastante.
—Y no deja de haber entre esos perros algunos muy valientes y que se baten bien, comentó el señor de Morel. Pero ¿qué hacen ahora?
—¡Nuestra Señora de Rennes nos valga! dijo el paladín francés. Se proponen pegar fuego á la torre y asarnos en ella. Me lo temía. Duro en ellos, arqueros, que ahora de nada nos sirven nuestras espadas.