Una docena de sitiadores se adelantaron escudándose con enormes haces de leña y ramas secas, que colocaron contra los muros. Otros les pegaron fuego con antorchas y pronto estuvo la torre rodeada en su base por un círculo de llamas. El humo obligó á sus defensores á refugiarse en el primer piso, pero pronto empezaron á arder las tablas del suelo, se llenó de humo espeso aquella estancia y á duras penas pudieron subir sin ahogarse el último tramo y llegar á lo más alto de la torre.

Imponente era el cuadro que desde aquella elevación se divisaba. Prados y bosque iluminados dulcemente por la luz argentada de la luna; oíase á lo lejos el tañido penetrante de una campana; á un lado de la torre se desmoronaban los muros del castillo, presa de las llamas, y al pie de su último refugio agitábase con ademanes furiosos y roncos gritos la multitud de sus enemigos.

—¡Por el filo de mi espada! exclamó Simón. Paréceme, amigo Tristán, que de este viaje no veremos á España; ni tampoco mi cobertor de pluma, que por fortuna se halla en buenas manos. Trece flechas me quedan y que me ahorquen si una sola de ellas no da en el blanco. La primera para el maldito aquel que agita el manto de seda de la pobre castellana. ¡Ensartado por la cintura, un palmo más abajo de lo que yo esperaba! Número dos: regalo de despedida al condenado aquel que lleva una cabeza clavada en la pica. Ya está tendido panza arriba. ¡Buen flechazo también el tuyo, Tristán! Has hecho caer á ese buen mozo de narices en el fuego. ¡Allá va otra!

Mientras ambos arqueros se despachaban á su gusto, Duguesclín y su esposa consultaban con el barón y Roger, y reconocían lo desesperado de su situación.

—Por ella lo siento, decía el famoso guerrero francés.

—No te apesadumbre mi suerte, contestó la amante y valerosa dama, que pues la muerte me amenaza, nunca tan bienvenida como recibiéndola contigo á mi lado.

—Bien, señora, dijo el barón; esa es sin duda la respuesta que en iguales circunstancias me hubiera dado mi inolvidable esposa, para quien son mis últimos pensamientos.

—¿Qué es esto, señor barón? exclamó en aquel momento Roger con fuerte voz, desde el lado opuesto de la terraza.

—¿Esto? ¡Por San Jorge! dijo el barón acudiendo presuroso, un montón de proyectiles para bombardas. Y aquí está la caja de hierro destinada á la pólvora. Ahora veréis el destrozo que vamos á hacer en la canalla. Tú, Tristán, levanta esa caja y ponla sobre el parapeto. Y tú, Simón, alza la tapa. Bien, está casi llena. Ahora dejad caer la caja al pie de la torre, entre las llamas.

No bien quedó cumplida la orden resonó una detonación espantosa. La torre tembló y quedó cuarteada, amenazando desplomarse de un momento á otro. Los sitiados, pálidos y mudos de terror, se asieron al parapeto y contemplaron los estragos de la explosión. Desde el pie de la torre hasta una distancia de cincuenta varas se veía una masa confusa de cuerpos destrozados, de heridos que lanzaban pavorosos gritos, muchos de ellos envueltos por las llamas que consumían sus harapos. Más allá de aquella escena de destrucción numerosos grupos de gentes aterrorizadas que huían á todo correr, ansiosos de alejarse cuanto antes de la funesta torre y de sus temibles defensores.