—¡Una salida, Duguesclín! gritó el barón. Aprovechemos su confusión para salir de aquí y huir si posible es.

Dicho esto desenvainó la espada y comenzó á bajar rápidamente la escalera, seguido de sus compañeros, pero antes de llegar al piso inmediato se detuvo, con el desaliento reflejado en el rostro.

—¿Qué pasa?

—Mirad. La explosión ha derribado la pared, cuyos escombros interceptan por completo la escalera. Y más abajo el fuego continúa minando la torre.

—Estamos perdidos, dijo Duguesclín.

Volvieron todos lentamente á la terraza superior y apenas llegados lanzó Simón una exclamación de alegría.

—¡Albricias! exclamó. ¿Oís? Es el canto de guerra de la Guardia Blanca. Antes de bajar me pareció oirlo también como un eco lejano, pero no estaba seguro de ello. Nuestros amigos llegan. ¡Oid!

Todos se pusieron á escuchar. La duda no era posible. Del valle se elevaba un canto marcial y sonoro, más grato para los sitiados que la más armoniosa melodía.

—¡Allí, allí! prosiguió Simón. Vedlos que salen del bosque y toman el camino del castillo. Han visto las llamas y también la turba de esos condenados y cantan como siempre que la Guardia Blanca se prepara á dar y recibir testarazos. ¡Ah, valientes! ¡Á mí, Yonson, Roldán, Vifredo!

—¿Quién va? preguntó una voz potente.