—¡Simón Aluardo, voto á bríos, que no quiere morir asado! ¡Y aquí en la torre tenéis también una dama á quien rescatar, junto con vuestro capitán el barón de Morel! ¡Pronto, bergantes! ¡La flecha y la cuerda, Vifredo, como en el sitio de Maupertuis!
—¡Viva Simón! se oyó gritar á los arqueros y poco después la voz de Vifredo, que decía: ¿Estás pronto, camarada?
—¡Tira! contestó Simón.
El arquero tendió su arco y la flecha cayó dentro del parapeto. Atado á su extremo tenía un largo bramante del que Simón se apoderó con avidez.
—¡Salvados! dijo, y luégo inclinándose hacia sus camaradas, gritó: ¡Atad ahora la cuerda, larga y fuerte!
Á los pocos momentos tenía en sus manos la gruesa cuerda salvadora. Con su auxilio bajaron primero á la noble dama y no tardaron en verse todos al pie de la torre, rodeados de los valientes arqueros de la Guardia Blanca.
CAPÍTULO XXIX
EL PASO DE RONCESVALLES
—¿DÓNDE está el capitán Claudio Latour? fué lo primero que preguntó el barón de Morel, apenas sus pies tocaron el suelo.
—En nuestro campamento de Montpezat, señor barón, á dos horas de camino de aquí, dijo respetuosamente Yonson, el sargento que mandaba á los arqueros.
—Pues en marcha sin pérdida de momento, muchachos, que quiero veros á todos en el cuartel general de Dax, á tiempo para marchar á la vanguardia del príncipe.