En aquel instante trajeron al señor de Morel y á Roger sus caballos, así como los de Duguesclín y su esposa, abandonados por los villanos en su precipitada fuga. La despedida de los dos guerreros fué por manera afectuosa.
—Gran ventura ha sido para mí, dijo Duguesclín, la de haber conocido y tratado en tan excepcionales circunstancias al caudillo famoso cuyo nombre tantas veces me anunciara la fama. Pero es fuerza separarnos, porque mi puesto está al lado del rey de España, á cuyas órdenes debo ponerme antes de que vos crucéis las montañas de la frontera.
—Á la verdad, yo os creía en España con el valiente Enrique de Trastamara.
—Allá estuve, barón, y á Francia vine con la misión de reclutar gente en su auxilio. En España me hallaréis, al frente de cuatro mil lanzas francesas escogidas, para hacer á vuestro príncipe una acogida digna de él y de sus valientes caballeros. ¡Dios os guarde, amigo barón, y nos permita volver á vernos en circunstancias más propicias!
—No creo que exista caballero más cumplido en toda la cristiandad, dijo el de Morel mirándole alejarse en compañía de su animosa consorte. Pero ¿estás herido, Roger? ¿Qué palidez es esa?
—Lo único que tengo, señor barón, es pesar amargo por la desdichada muerte de mi buen compañero de Pleyel.
—¡Ah, sí! dijo tristemente el noble. Dos valientes escuderos he perdido ya y me pregunto por qué la implacable suerte arrebata de mi lado á esos jóvenes de brillante porvenir, dejando intactas las blancas cabezas como la mía. ¿Pero no recuerdas, Roger, cómo Doña Leonor nos predijo todos estos peligros y desgracias de la pasada noche?
—Así es en efecto, señor.
—Lo cual renueva mis temores de ver cumplida también su otra visión profética sobre el asedio de Monteagudo. Pero no puedo creer que haya llegado hasta Salisbury una fuerza enemiga francesa ó escocesa bastante numerosa para atacar el castillo. Convoca á esa gente, Simón, y en marcha.
Al primer toque de clarín acudieron presurosos los arqueros blancos, cargados de botín, y el barón no ocultó una sonrisa de satisfacción al recorrer con su penetrante mirada las filas de aquellos aguerridos soldados. Pocos jefes podían enorgullecerse de mandar una fuerza tan temible y tan marcial como aquella. No faltaban allí algunos veteranos de las grandes guerras de Francia, pero en su mayoría formaban la Guardia Blanca jóvenes arqueros, robustos mocetones ingleses, sobre cuyos petos lucían ricas bandas de seda y oro y brillaban las piedras preciosas, muestra evidente del abundante botín recogido en su larga campaña del sur. Perfectamente armados y protegidos con sus cascos de acero, cota de malla recubierta por el coleto blanco con la cruz roja de San Jorge en el pecho, el largo arco á la espalda y la maza ó el hacha de combate colgada del cinto, sentíase el barón capaz de grandes empresas al frente de aquellos hombres denodados.