Dos horas de marcha por la orilla del Aveyron los llevaron al campamento de la Guardia Blanca, formado por unas cincuenta tiendas, y entre los primeros en acudir á su encuentro figuraba un jinete ricamente vestido, que saludó al barón con entusiasmo.
—¡Por fin! exclamó estrechándole las manos. Más de un mes hace que os esperamos ansiosos, señor de Morel. ¡Bienvenido seáis! ¿Recibísteis mi carta?
—Sólo á ella se debe mi presencia aquí. Pero me admira, en verdad, señor de Latour, que no hayáis tomado vos mismo el mando de estos valientes arqueros.
—¡Imposible, mi noble amigo! exclamó el jefe gascón. Ya sabéis cómo son estos ingleses y no hay medio de que acaten como jefe á quien no sea compatriota suyo. Yo mismo no he podido conquistarme su confianza y obediencia; tuvieron como de costumbre su conciliábulo y los muy tercos, dirigidos por ese cabeza dura que ahí traéis, Simón Aluardo, resolvieron que habíais de ser vos y no otro quien los mandara. Pero vuestro plan era reforzar la Guardia con un centenar de reclutas, barón. ¿Dónde están?
—Esperándonos en Dax, donde no tardaremos en reunirnos con ellos.
—Venid á mi tienda, donde descansaréis y vos y vuestro escudero repondréis un tanto las fuerzas con lo poco que aquí puedo ofreceros.
En el curso de la conversación no tardó Claudio Latour en exponer su proyecto de atacar á Montpezat y Castelnau, villas cercanas y mal defendidas, en la primera de las cuales aseguró al barón que hallarían más de doscientos mil ducados ocultos en la fortaleza, amén de otro botín nada despreciable.
—Muy diferentes son mis planes, señor de Latour, dijo irritado el de Morel. He venido aquí para capitanear á esos arqueros, poniéndolos al servicio del rey nuestro señor y del príncipe su hijo, que necesita de todo nuestro auxilio para reinstalar á su aliado Don Pedro en el trono de Castilla. Hoy mismo me propongo seguir la marcha en dirección á Dax.
—Pues por mí, repuso Latour con evidente sorpresa y disgusto, estoy muy satisfecho con la vida que aquí llevo, no tengo el menor interés en esa guerra de que habláis y desde luego no me veréis en Dax.
—En tal caso, señor mío, tendré el disgusto de ponerme al frente de la Guardia Blanca sin vos.