—Si la Guardia os sigue, barón, cuando sepa que pensáis sacarla de esta comarca, donde vive en la abundancia, sin más ley que su voluntad.

—Pues á averiguarlo en seguida, replicó impetuosamente el barón. Si soy su jefe, se vienen conmigo á Dax en este momento; y si no lo soy ¡por mi nombre! entonces no sé qué hago yo en Auvernia, en vez de ocupar mi puesto en la escolta del príncipe.

No tardaron en hallarse congregados los arqueros, á quienes el barón, con voz firme y ademán enérgico, dirigió la palabra en estos términos:

—Me dicen, arqueros, que os habéis aficionado á esta regalada vida que aquí lleváis, hasta el punto de no querer salir de Auvernia. Pero ¡por San Jorge! que no he de creerlo de tan valientes soldados, sobre todo cuando sepáis que vuestro príncipe prepara una gran empresa y necesita de vosotros. Me habéis elegido por jefe y lo seré para guiaros á España; os juro que el estandarte de las cinco rosas ondeará siempre allí donde haya más lauros que conquistar. Pero si es vuestro deseo cambiar gloria y renombre por vil lucro y seguir en esta comarca entre la molicie y el saqueo, buscad otro jefe, que yo he vivido honrado y con honra he de morir. Entre vosotros hay muchos hijos del condado de Hanson; que hablen los primeros y digan si están prontos á seguir la bandera de Morel.

Inmediatamente se destacó de la columna un numeroso grupo de arqueros, montañeses robustos de Hanson, que aclamaron al barón con entusiasmo.

—¡Por la cruz de mi espada, muchachos! gritó en aquel punto Simón saltando sobre un tronco caído. ¡Sería una vergüenza para la Guardia Blanca permitir que el príncipe cruzase las montañas del sur sin que le abriésemos camino con nuestros arcos! La guerra está declarada, el estandarte real ondea al viento, y bajo sus pliegues se hallará al viejo Simón, aunque tenga que ir solo hasta Dax....

—¡No, no! ¡Viva Simón! ¡Iremos todos! gritaron los arqueros, que en su mayor parte no necesitaban del ejemplo dado tan oportunamente por el popularísimo veterano.

—¡Que hable el capitán Latour! se oyó decir en las filas.

—¡Sí, oigamos también al gascón! apoyó otra voz.

—¡Soldados! exclamó Claudio Latour sin hacerse de rogar. No haré más que recordaros lo mucho y bueno que aquí dejáis y la triste recompensa que váis á buscar en lejana guerra. La libertad y el rico botín en Auvernia, la severa disciplina y mísera paga en el ejército. Ya sabéis lo que han ganado vuestros camaradas de la Guardia Blanca que fueron á Italia; el saco de Mantua y el rescate de seiscientos nobles. Yo os proporcionaré aquí golpes de mano tan brillantes como ese....