EL camino que seguía Roger era poco frecuentado, mas no tanto que el viandante dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya un pobre pedigüeño, y otros viajeros tan cansados como él. Entre los que halló Roger á su paso se contó también uno al parecer fraile, que gimoteando le pidió algunos cornados para comprar pan, pues estaba muerto de hambre. El joven apresuró el paso sin contestarle, porque en el convento había aprendido á desconfiar de esos frailes vagabundos; sin contar con que del morral que el pordiosero llevaba á la espalda vió salir el hueso no muy mondo de una pierna de cordero que para sí la hubiera querido el buen Roger. No anduvo largo trecho sin oir las maldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de tales blasfemias que el caminante echó á correr por no oirlas y no paró hasta perder de vista al deslenguado fraile.
En los linderos del bosque descubrió Roger á un chalán que con su mujer despachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentados ambos al borde del camino. El brutal chalán lanzó una exclamación grosera al pasar Roger, quien siguió su marcha sin darse por entendido; pero como á la mujer se le ocurriese llamar á gritos al apuesto joven invitándole á comer con ellos, su marido se enfureció de tal manera que empuñando la vara empezó á dar de palos á su caritativa compañera. El joven comprendió que lo mejor era poner tierra por medio, muy apesadumbrado al ver que por todas partes sólo hallaba violencias, engaños é injusticias.
Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada con la vida monótona del convento, cuando detrás de un vallado que á su derecha quedaba vió el más raro espectáculo que imaginarse pueda. Cuatro piernas cubiertas con ajustadas medias de arlequinados colores y largos borceguíes de retorcidas puntas en los pies, se movían á compás, sin que el matorral permitiese ver los cuerpos invertidos á que pertenecían aquellas extremidades. Acercándose prudentemente oyó Roger los sonidos de una flauta y rodeando el vallado creció de punto su sorpresa al ver á dos jóvenes que, sin gran dificultad al parecer, se sostenían cabeza abajo sobre la hierba y tocaban sendas flautas, á la vez que imitaban con los pies los movimientos de la danza. Hizo Roger la señal de la cruz y tentado estuvo de echar á correr; pero en aquel momento lo descubrieron los músicos, que inmediatamente se le acercaron dando saltos sobre sus cabezas, como si fueran éstas de pedernal y no de carne y hueso. Llegados á pocos pasos de Roger, doblaron sus cuerpos aquellos rarísimos danzantes, y posando los pies en el suelo asumieron sin el menor esfuerzo su posición normal y se adelantaron sonrientes, con la mano sobre el corazón, en la actitud de acróbatas ó payasos saludando al público.
—Sed generoso, príncipe mío, dijo uno de ellos tendiendo un birrete galoneado que recogió del suelo.
—Mano al bolsillo, apuesto doncel, repuso el otro. Aceptamos toda clase de moneda y en cualquiera cantidad que sea, desde una talega de ducados ó un puñado de doblas, hasta un solo cornado, si no podéis hacer mayor ofrenda.
Roger creyó hallarse en presencia de un par de duendes y aun procuró recordar la fórmula del exorcismo; pero los dos desconocidos prorrumpieron en grandes carcajadas al ver el espanto y la sorpresa reflejados en su semblante. Uno de ellos dió un salto y cayendo sobre las manos comenzó á andar con ellas, dando zapatetas en el aire. El otro preguntó:
—¿No habéis visto nunca juglares? Por lo menos habréis oído hablar de ellos. Tales somos, que no brujos ni demonios.
—¿Á qué ese espanto, rubio querubín? preguntó el otro.
—No os extrañe mi sorpresa, repuso por fin Roger. No había visto un juglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos pares de piernas danzando misteriosamente. ¿Pues y el saltar sobre vuestros cráneos? Bien quisiera saber por qué hacéis cosas tan extraordinarias.
—Difícil es la respuesta, y á buen seguro que si de mí dependiera no volveríais á verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida ni tocando el laúd con los pies, para entretenimiento de mirones y espanto de tiernos pajecillos como vos.... Pero ¿qué veo? ¡Un frasco! ¡Y lleno, lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! ¡Decomiso!