Y haciendo y diciendo se apoderó de la botella de vino que el hermano despensero regaló á Roger y que éste llevaba en el entreabierto zurrón. Beberse la mitad del vino fué obra de un instante para el juglar, que después pasó el frasco á su compañero. Apenas lo agotó éste hizo ademán de tragárselo, con tanta verdad que asustó á Roger; después reapareció el evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanzándolo en alto lo recibió sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareció extraerlo para presentárselo á Roger, acompañado de cómica reverencia.
—Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemos probado en largos días. Y contestando á vuestra pregunta, os diremos que nuestra profesión nos obliga á inventar y ensayar continuamente nuevas suertes, una de las cuales y de las más difíciles y aplaudidas habéis presenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiración de nobles y plebeyos y nos dirigimos á las ferias de Pleyel, donde si no ganamos muchos ducados no nos faltarán aplausos. De mí os aseguro que daría buen número de éstos por uno de aquellos. Ó por otro trago de vuestro riquísimo vino. Y ahora, amiguito, si os sentáis en aquella piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaréis el rato entretenido.
Hízolo así Roger, quien notó entonces los dos enormes fardos que formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver contenían jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y falsa pedrería. Junto á ellos yacía una vihuela que Roger tomó y empezó á tocar con gran maestría, mientras los acróbatas continuaban sus sorprendentes ejercicios. No tardaron éstos en tomar el compás de la vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen andado en aquella postura.
—¡Más aprisa, más aprisa! gritaban al tañedor, que los complacía riéndose á carcajadas.
—¡Bravo, don alfeñique! exclamó por fin uno de los danzantes, dejándose caer rendido sobre la hierba.
—¡Por vida de! Muy callado lo teníais, señor músico, dijo el otro imitándolo. ¿Dónde aprendisteis á tañer de tal suerte?
—Lo que acabo de tocar lo aprendí yo solo, sin música ni maestro, por haberlo oído varias veces allá en Belmonte, de donde vengo.
—¡El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta! dijo el juglar que parecía de más edad. Tiempo hace que busco un vihuelista, flautista, ó lo que sea, que nos acompañe y pueda tocar de oído, y vos lo tenéis magnífico. Venid con nosotros á Pleyel, que no os ha de pesar, ni os faltarán algunos ducados, buena cerveza y mejor humor mientras sigamos juntos.
—Sin contar con que jamás hemos tenido cena sin una buena tajada de carne en el plato y vos no seréis menos. Por mi parte os prometo media azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro. Es gascón y del añejo, agregó guiñando un ojo para dar más valor á su oferta.
—No, no puede ser, contestó el joven. Otro es mi destino y si he de llegar á él en sazón no puedo permitirme muchas paradas tan largas como ésta. Con Dios quedad.