Al cuarto día todo el ejército quedó acampado en el valle de Pamplona y el príncipe inglés convocó á sus jefes á consejo en el palacio real de la antigua capital de Navarra.

CAPÍTULO XXX
LA GUARDIA BLANCA EN EL VALLE DE PAMPLONA

MIENTRAS se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallábase acampada la Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre las compañías del jefe gascón La Nuit y del flamenco Ortingo, y allí se divertían tirando la espada, luchando cuerpo á cuerpo como antiguos gladiadores ó mostrando su habilidad en el manejo del arco, para lo cual les servían de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminencias del terreno. Los arqueros bisoños se adelantaban formados en filas y tendían cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranos como Yonson, Reno, Simón y otros seguían con atención el vuelo de las flechas, comentando, aplaudiendo ó corrigiendo los esfuerzos de los tiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros de La Nuit y del Brabante, que observaban con interés el ejercicio á que se entregaban sus aliados ingleses.

—¡Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson á un mocetón de ojos azules y rubio cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, seguía la dirección de la flecha que acababa de lanzar. Ahí la tienes en el centro del blanco, y así lo esperaba desde que la ví salir de tu mano. ¡Buen arquero, muchacho!

—Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flecha sin mover la mano, pero de pronto, dijo Simón. Y acordaos de que esas reglas son ley lo mismo cuando tiréis al blanco que cuando tras del escudo se os venga encima un jinete lanza en ristre ó espada en alto, dispuesto á partiros el alma. Pero ¿quién es ése que agarra el arco como un cayado y que hace tantas muecas para apuntar?

—Es Sabas, de Bristol. ¡Oye tú, Sabas! gritó Vifredo, no dobles el espinazo, hijo, ni saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudará para poner la flecha en el blanco. Levanta esa cara tan fea que Dios te ha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo izquierdo, sin moverlo; ahora tira despacio de la cuerda con la derecha.

—Á fe mía, que más entiendo yo de manejar la espada y la pica que el arco, dijo Reno, pero he llevado tantos años entre arqueros que recuerdo haber presenciado prodigios. Buenos tiradores hay aquí, pero no como algunos que recuerdo.

—¿Ves aquello? preguntó Yonson al veterano, extendiendo el brazo hacia una bombarda que á no gran distancia se alzaba sobre su poco airosa cureña. Pues la culpa la tienen esos armatostes, con sus humaredas y sus rugidos. Ante ellos van desapareciendo poco á poco los arqueros de la buena escuela. Y es maravilla que tan gentil guerrero como nuestro príncipe lleve consigo esas sucias máquinas, que ojalá revienten todas con mil demonios.

—Para arqueros de primer orden algunos que teníamos en el sitio de Calais, observó Simón. Recuerdo que en una de las muchas salidas un genovés levantó el brazo y lo agitó como amenazándonos. Diez de nuestros muchachos le soltaron en el acto otras tantas flechas, y cuando descubrimos después su cadáver se vió que tenía ocho de ellas clavadas en el antebrazo.

—Pues yo os diré, repuso Vifredo, que cuando los franceses nos cogieron el galeón Cristóbal y lo anclaron á doscientos pasos de la playa, dos arqueros de marca, Robín y Elías, no necesitaron más de cuatro flechas para cortar el cable del ancla como con un cuchillo, de suerte que por poco se estrella el galeón contra las rocas y á los de á bordo los asaeteamos de lo lindo.