—Buenos tiempos aquellos y mejores arqueros, en verdad, dijo Reno, pero á bien que ahí está Simón Aluardo, tan perito como el que más; y cuanto á tí, Yonson, como si no te hubiera visto yo ganarte el buey gordo allá en Fenbury, cuando te lo disputaron en el tiro al blanco los primeros arqueros de Londres.

Habíalos estado escuchando muy atentamente, apoyado en su ballesta, un robusto flamenco de penetrante mirada y atezado rostro, cuyo traje y porte revelaban á un oficial subalterno de las tropas del Brabante.

—No comprendo, dijo dirigiéndose á los arqueros ingleses, por qué os gusta tanto la percha esa de seis pies de largo, que os hace tirar y esforzaros como mulos de carga, cuando yo con el molinete de mi ballesta obtengo sin molestia los mismos resultados.

—Buenos tiros de ballesta han visto mis ojos, contestó Simón, pero permitidme deciros, camarada, que comparando vuestra arma con el arco me parece una bicoca propia de mujeres, que pueden dispararla con tanta facilidad y tanto acierto como vos.

—Mucho habría que decir sobre eso, repuso bruscamente el flamenco. Pero desde luego aseguro que con mi ballesta hago yo lo que ninguno de vosotros con el arco.

—¡Bien dicho, mon garçon! exclamó Simón. El buen gallo canta siempre alto. Pero á los hechos me atengo y como yo he practicado muy poco con el arco en estos últimos tiempos, ahí está el viejo Yonson, que sabe hacer bien las cosas y sostendrá contra vos el honor de la Guardia Blanca.

—Un galón de vino del Jura apuesto por el arco, dijo Reno, y por mis barbas que preferiría apostarlo de buena cerveza de Londres si tal hubiera por estas tierras.

—¡Apostado! exclamó el ballestero. Lo que no veo, continuó mirando rápidamente en derredor, es un blanco que merezca tal nombre, pues yo no he de perder el tiempo tirando á esos escudos, buenos para ejercitar reclutas.

—El tío ese es el mejor tirador de las compañías aliadas, dijo en voz baja á Simón un hombre de armas inglés. Esta misma mañana oí decir de él que fué quien derribó malherido al condestable de Borbón.

—Respondo de Yonson, á quien he visto manejar el arco durante veinte años, contestó Simón. ¿Qué tal, viejo mío? ¿Te resuelves á demostrar á este camarada lo que vale un arco inglés?