—Á buena parte vienes, Simón, como si para lances tales valiera más un arquero machucho, por bueno que haya sido, que uno de esos zánganos mozos con ojos de lince y puños de hierro. Pero en fin, déjame tomarle el tiento á ese arco tuyo, Roldán, que me parece de los buenos. Escocés de construcción, no hay más que verlo, ligero y flexible á la vez que poderoso. No, esas flechas no; una de aquellas, tres plumas por banda y punta estrecha y larga.
—Esas son las que á mí me gustan, marrullero, dijo Simón.
—¿Estáis pronto? preguntó el ballestero, poniendo cuidadosamente en su arma un grueso dardo.
La noticia de la prueba que se preparaba había cundido por el campo y numerosos espectadores de las diferentes compañías formaban extenso semicírculo detrás de los dos justadores. La mirada del ballestero se fijó de pronto en una cigüeña que trasponiendo lejana colina continuó su perezoso vuelo en dirección al campamento. Al acercarse divisaron todos un punto negro que se cernía á grande altura, y que muy pronto conocieron era un milano en seguimiento de su víctima. Aterrorizada la cigüeña llegó á unos cien pasos de los arqueros y el ave de rapiña empezó á trazar pequeños círculos, como si se preparase á caer sobre ella, cuando el ballestero, apuntando rápidamente, atravesó con su dardo á la pobre cigüeña. Casi al mismo tiempo tendió Yonson su temible arco y la flecha detuvo en su vuelo al milano, que empezó á caer velozmente; alzóse gran clamoreo de los espectadores, que aplaudían ambas proezas; pero la aprobación de todos se trocó en asombro al ver que Yonson ponía apresurado otra flecha en su arco apenas disparada la primera y apuntando horizontalmente clavaba á su vez una saeta en la infeliz cigüeña, casi en los momentos de dar ésta con su cuerpo en el suelo. Un grito unánime de los arqueros, resonante expresión de triunfo, acogió aquella doble hazaña de su camarada, á quien abrazó estrechamente Simón, que danzaba de gozo.
—¡Ah, viejo lobo! gritó. Esta la celebraremos juntos vaciando un azumbre de lo bueno. No contento con el milano habías de ensartar también la cigüeña. ¡Por las barbas del gran turco! ¡Otro abrazo!
—Buen tirador sois, á fe mía, dijo gravemente el ballestero, pero no habéis probado serlo mejor que yo. Apunté á la cigüeña y dí en el blanco; nadie hubiera podido hacer más.
—No pretendo aventajaros como tirador, repuso Yonson, pues conozco vuestra fama; pero sí quería demostrar que con el arco es posible hacer lo que no hubierais podido realizar con vuestra ballesta en igual tiempo, dado el que necesitáis para armarla y disparar por segunda vez.
—Cierto es ello, pero ahora me toca á mí enseñaros una ventaja de la ballesta sobre el arco. Tended el vuestro cuanto podáis y lanzad la flecha lo más lejos que alcance. Mi dardo la dejará muy atrás. Marca las distancias, Arnaldo, clavando en tierra una pica á cada cien pasos y espérate junto á la quinta para recoger y traerme mis dardos.
Hízolo así el soldado y momentos después partía silbando la flecha de Yonson.
—¡Más allá de la cuarta pica! gritó Simón.