—Nuestro capitán el barón de Morel me sigue de cerca y quiere hallar reunidos á sus soldados para darles en persona una buena noticia.

Arqueros y hombres de armas se calaron á toda prisa los cascos, endosaron cotas de malla y coletos, asieron sus respectivas armas y en dos minutos quedó perfectamente formada la Guardia Blanca. Poco después llegó el barón al trote de su brioso corcel y contempló con evidente satisfacción el marcial aspecto de su gente.

—Soldados, les dijo, vengo á anunciaros que la Guardia Blanca acaba de ser objeto de un alto honor. El príncipe nos ha elegido para formar la vanguardia y seremos los primeros en atacar al enemigo. Si alguno de vosotros vacila en este momento....

—¡Os seguiremos hasta el último! ¡Viva nuestro capitán! gritaron á una los arqueros.

—Bien está. ¡Por San Jorge! no esperaba menos de vosotros. Nos pondremos en marcha mañana al despuntar el día, y montaréis los caballos de la compañía Loring, que por ahora queda incorporada á la reserva. Hasta mañana.

Los arqueros rompieron filas con mil exclamaciones de contento, palmoteando y abrazándose como si acabasen de ganar una victoria. Contemplábalos sonriente el barón cuando cayó sobre su hombro una pesada mano y volviéndose halló el rostro coloradote y mofletudo de Sir Oliver Butrón.

—¡Aquí tenéis otro recluta, caballero andante! le dijo el rollizo guerrero. Acabo de saber que seréis el primero en marchar camino del Ebro y con vos me largo aunque no queráis.

—¡Bienvenido, Oliver! Vuestra compañía, á más de gustosa, es honra para mí.

—Pero debo confesaros con franqueza que tengo para ello una razón poderosa....

—Sí, vuestro deseo de hallaros siempre donde hay peligros que correr y lauros que conquistar.