—Lo dicho, es una treta mía con la cual me he ganado muy buenos cuartillos de cerveza allá en las ferias de Hanson, repuso Tristán levantándose y sonriendo satisfecho.

—La flecha ha caído á ciento treinta pasos más allá de la quinta pica, dijeron varios arqueros y soldados.

—¡Seiscientos treinta pasos! Es un tiro descomunal, pero nada prueba á favor de vuestra arma, robusto amigo, porque para llegar á tal distancia os habéis convertido vos mismo en arco y eso no era lo pactado.

—¡No deja de ser verdad lo que decís! asintió Simón riéndose. Pero probados ya el tiro al blanco y el de distancia, voy á demostraros á mi vez cómo el arco gana á la ballesta en fuerza de penetración. ¿Véis aquel escudo, en la altura? Es de roble recubierto de cuero. Clavad en él vuestro dardo lo más profundamente que podáis.

—Allá va, dijo el ballestero, á quien imitó Simón después de ensebar con cuidado la punta de su flecha.

—Tráeme el escudo, Elías, dijo Simón á un arquero.

Cariacontecidos quedaron los ingleses y grande fué la risa de los de La Nuit y Brabante al ver que el sólido escudo sólo tenía el dardo del ballestero clavado profundamente y ni señales de la flecha de Simón.

—¡Por vida de los tres reyes! exclamó el flamenco. Ni siquiera habéis dado en el blanco, seor inglés.

—¿No, eh? replicó el veterano con sorna; y dando vuelta al escudo señaló en la cara interior de éste un pequeño agujero. ¿Véis esto? Pues es que ha sucedido lo que yo esperaba; vuestro dardo ha quedado atarugado en el roble á poco de atravesar el cuero, en tanto que mi flecha ha horadado el escudo de parte á parte.

El semblante del oficial reveló su humillación y su disgusto, pero antes de que pudiera despegar los labios llegó al galope Roger, que dirigiéndose á los arqueros les dijo: