—Pues allá va el mío camino de los seiscientos, dijo el gigantesco arquero tendiéndose en el suelo, poniendo un pie en cada extremo de su arco y tirando vigorosamente de la cuerda, después de colocar en ella larguísima flecha.

—Vas á hacer un pan como unas hostias, gandul, le dijo Simón. ¿De cuándo acá pretendes tú superar á los arqueros veteranos?

—Calma, Simón, que esta es una treta mía y yo sé lo que me hago.

—¡Bien por Tristán! ¡Rompe el arco si es preciso, camarada! vocearon los arqueros.

—¿Quién es aquel imbécil que está allí plantado, camino de mi flecha? preguntó Tristán alzando la cabeza y mirando hacia la última pica.

—Es mi soldado Arnaldo, que marca el lugar donde cayó mi dardo y sabe que allí nada tiene que temer de vos, dijo el ballestero.

—¿No? ¡Pues que Dios lo perdone! exclamó Tristán tendiéndose de nuevo en el suelo, afirmando los pies y tirando de la cuerda hasta hacer crujir el arco. ¡Allá va!

El silbido de la flecha se oyó á gran distancia; el medidor del terreno se arrojó de cara al suelo y levantándose enseguida echó á correr en dirección opuesta al grupo que formaban los tiradores.

—¡Aprieta, Tristán! ¡Si no se tira al suelo no lo cuenta! ¡Bien, muchacho! exclamaron los arqueros.

¡Mon Dieu! No he visto jamás proeza igual, dijo el de Brabante.