—Me sorprendes, doncel, dijo el barón frunciendo el ceño. ¡Por San Jorge! ¿sabes que es muy noble nuestra sangre y muy antiguo nuestro nombre?

—También lo es el mío, señor barón, y muy noble la sangre heredada de mis mayores.

—Constanza es nuestra única hija y cuanto tenemos le pertenecerá algún día.

—También soy yo ahora el único Clinton, y muerto sin hijos mi hermano soy dueño y señor de Munster.

—Cierto es. Pero ¿cómo no me has hablado antes del caso?

—No podía hacerlo, señor barón, porque ni aun sé si vuestra hija me ama y no media entre nosotros oferta ni promesa.

Quedóse pensativo el famoso guerrero y por fin se echó á reir.

—¡Juro por San Jorge no tomar cartas en el asunto! exclamó. Mi muy amada hija es árbitra de su elección, pues la juzgo muy capaz de mirar por sí misma y elegir con acierto. La conozco, amigo Roger, y si como me figuro está ella pensando en tí como tú en ella, ni Enrique de Trastamara con sus sesenta mil soldados puede impedir que mi Constanza haga su voluntad y deje de amar á quien ame. Lo que sí me toca recordar aquí es que siempre he deseado para esposo de mi hija á un caballero valiente y cumplido. Tú, Roger de Clinton, estás en camino de ser una brillante lanza si Dios te protege. Sigue haciendo méritos y conquistando lauros. Pero basta de este asunto, que volveremos á tratar cuando veamos otra vez las costas de Inglaterra. Nos hallamos en situación gravísima é importa salir de ella cuanto antes. Hazme la merced de llamar al señor de Fenton, con quien deseo conferenciar antes de que nos alcance el enemigo en esta desventajosa posición.

Obedeció Roger inmediatamente y sentándose después sobre apartada roca trató de recordar una á una las palabras del barón y su propia confesión; comparó también las desfavorables circunstancias que le rodeaban cuando por primera vez vió á su amada, novicio indigente y sin hogar, con la holgada posición que le creaba la prematura muerte de su hermano. Además, había sabido ganarse el aprecio y la confianza del barón, sus compañeros de armas lo consideraban como valiente entre los valientes de la Guardia Blanca, á pesar de sus pocos años, y sobre todo, el barón acababa de oir la revelación de su amor más complacido que enojado. El resultado de sus meditaciones fué la resolución de no abandonar aquellas montañas sin conquistar lauros brillantes, que acabaran de hacerle digno de merced tan alta y felicidad tan cumplida cual podía prometerse el futuro esposo de la encantadora Constanza de Morel.

En aquel instante oyó Roger, tres veces repetida, la nota penetrante de un clarín, y saltando de la roca en que estaba sentado vió que los arqueros empuñaban sus armas y se dirigían apresuradamente hacia los caballos. Llegó en pocos momentos al grupo que formaban los jefes y oyó al señor de Fenton que decía: