Suspendió el anciano sus preces para aceptar la dádiva del arquero.
—Soldados sois á lo que veo, hijos míos, y mis oraciones os acompañarán en vuestras empresas.
—De España venimos, reverendo padre, dijo Tristán.
—¿De España decís? ¡Ah! Infortunada expedición en la que tantos bravos ingleses han sacrificado las vidas que Dios les concediera. Hoy mismo he dado mi bendición á una noble dama que ha perdido cuanto amaba en esa cruel y lejana guerra.
—¿Qué decís? preguntó Roger con vivo interés.
—Sí, una joven y principalísima dama de esta comarca, tranquila y dichosa cual ninguna pocos meses hace y que se prepara á tomar el velo en el convento de Romsey. ¿No habéis oído hablar, mis buenos caballeros, de una compañía llamada la Guardia Blanca?
—¡Oh, sí, mucho! dijeron ambos á la vez.
—Pues el padre de la dama de que os hablo era el jefe de esa valiente fuerza, y su prometido era escudero del famoso capitán. Llegó aquí la nueva de que ni un solo miembro de la Guardia había sobrevivido á una serie de cruentos combates y la pobre doncella....
—¡Acabad! gritó Roger. ¿Habláis de Doña Constanza de Morel?
—La misma.