—¡Constanza monja! ¿Qué decís? ¿Tan terrible efecto le ha causado la pérdida de su padre?
—De su padre y del gallardo mancebo de rubios cabellos á quien adoraba. La muerte de este último es la que en verdad abre para ella las puertas del claustro....
—¡Á escape, Tristán! ¡Á Romsey! gritó Roger espoleando á su caballo, que partió como una flecha.
Grande había sido la alegría de las monjas de Romsey al saber que la noble cuanto hermosa Constanza de Morel había pedido ser recibida como hermana suya, tras corto noviciado. Hechos estaban todos los preparativos para la solemne ceremonia, decorado el templo, cubierto de flores el altar y numerosos grupos de gentes del pueblo se hallaban congregados en el atrio ó se encaminaban hacia la iglesia inmediata al monasterio, ansiosos de presenciar el imponente acto. Ya habían visto pasar á la venerable abadesa con su gran crucifijo de oro, seguida de las hermanas, del clero y los acólitos con los humeantes incensarios y de unas hermosas niñas que iban alfombrando de flores el suelo, al paso de la novicia. Seguíalas ésta entre cuatro compañeras suyas, cubierta de la cabeza á los pies por el blanco velo, y centro de todas las miradas.
Aquella solemne procesión llegó á las puertas del templo y se disponía á entrar en él cuando se notó súbita confusión en uno de los ángulos de la plaza, de donde pronto partieron grandes clamores. La multitud osciló primero y abrió luego paso á un jinete, á un joven caballero cubierto de polvo, que sin miramientos lanzaba su corcel sobre la compacta masa del pueblo. Era el mensajero de la juventud y del amor, que llegaba á tiempo de arrancar al claustro una vida que por ningún concepto le estaba destinaba. Llegado á los escalones que conducían al atrio saltó de su caballo, y apartando bruscamente á la sorprendida abadesa, dirigióse el doncel al punto donde se hallaba la novicia y extendiendo hacia ella sus brazos, exclamó con amoroso acento, en el que palpitaba profundísima emoción:
—¡Constanza!
—¡Roger!
La novicia iba á caer desvanecida, pero Roger la recibió en sus brazos y la estrechó amorosamente, con gran escándalo de la abadesa y con no menor admiración de las veinte monjas y novicias que presenciaban tan inesperado desenlace. Pero Constanza y Roger no se daban cuenta de lo que en torno de ellos sucedía, perdidos como estaban en mutua contemplación, embriagados con la felicidad inmensa de verse reunidos después de una separación que ella había creído eterna. Tras los amantes quedaba el obscuro arco de entrada del templo; frente á ellos la vida entera, llena de luz, de alegría y felicidad. Su elección quedó hecha en un momento y se dirigieron, entrelazadas las manos, hacia la luz, en busca del amor, abandonando ella para siempre el claustro, olvidados ambos por el momento de sus pasadas tristezas.
El anciano padre Cristóbal bendijo poco tiempo después su unión en la iglesia del Priorato de Salisbury. Los únicos testigos de la tierna ceremonia fueron la baronesa, Tristán de Horla y una docena de arqueros y servidores del castillo. La animosa señora de Morel, tras largos meses de ansiedad y amargos sufrimientos, dudaba todavía de la muerte del barón; parecíale imposible que habiendo regresado de tantas y tan mortíferas campañas, hubiese sonado para él la hora suprema en aquella última expedición, lejos de su hogar, privado del amor de los suyos y de los solícitos cuidados de su amante esposa. Desde luego manifestó el deseo de ir á España en persona y agotar todos los recursos para averiguar el paradero del barón. Disuadióla Roger de su proyecto, convenciéndola de que á él le tocaba emprender aquel viaje, debiendo quedarse ella acompañando á su hija y al cuidado de los múltiples intereses que suponía la administración de las vastas propiedades de Munster, unidas á la del castillo de Monteagudo y sus dependencias.
Fletó Roger el Galeón Amarillo, mandado por el mismo valiente capitán Golvín, y un mes después de su boda partió el joven señor de Munster para Sorel, acompañado de su fiel Tristán, á fin de averiguar si había llegado de Southampton el para ellos inolvidable galeón. Poco antes de llegar á Sorel se detuvieron en Dalton, pueblecillo de la costa, donde notó Roger la presencia de una pequeña galera recienllegada, á juzgar por el número de botes y lanchas que la rodeaban para conducir á tierra su cargamento.