Á un tiro de ballesta del pueblo había un pequeño edificio, entre mesón y taberna, hacia el cual se dirigieron los dos viajeros. Á una ventana del primero y único piso de la casita se asomaba un individuo que parecía contemplarlos con curiosidad. Mirándole estaba Tristán cuando salió corriendo del mesón una robusta moza, riéndose á carcajadas y perseguida de cerca por un truhán que muy pronto desapareció, lo mismo que la muchacha, entre los árboles del huerto. Echando pie á tierra los jinetes, ataron sus caballos á la cerca y apenas tomaron por el sendero que á la casa conducía se detuvieron atónitos, contemplándose en silencio, presa de profunda emoción.

—¡Ah, ma belle! decía una voz sonora. ¿Con que así tratas á un viejo soldado que hace tiempo no ha visto tan siquiera una buena moza inglesa? ¡Por el filo de mi espada! aguarda un poco y en lugar de un beso te daré media docena....

Una exclamación de alegría se escapó de los labios sonrientes de Roger y Tristán. ¡Era Simón, no cabía duda! Simón bueno y sano, que apenas puesto el pie en tierra volvía á las andadas. Iban á precipitarse en su busca, á llamarle á gritos, cuando oyeron otra voz que partía de la ventana.

—¿Qué ocurre, Simón? decía. Si me necesitas, no pido cosa mejor que empuñar la espada y desentumecer un poco el brazo, metiendo en cintura al primero que se desmande y nos busque pendencia, aunque sea en tierra propia.

Apareció Simón al oir la voz de su señor y en un instante se vió asido por los formidables brazos de Tristán, de los que pasó á los de Roger. No había vuelto de su sorpresa el buen Simón cuando se presentó en la puerta el barón de Morel, espada en mano y guiñando más que nunca sus ojillos, en busca de imaginario enemigo. Renováronse entonces los abrazos, que el barón y el veterano no tardaron en devolver con creces, poseídos de inmensa alegría.

Durante el viaje de regreso oyeron sus amigos el relato de sus portentosas aventuras. Hechos prisioneros ambos en la homérica lucha, allá en España, viéronse cautivos de un noble aragonés, que tras largo viaje los condujo á la costa, donde los embarcó con rumbo á unas posesiones que por allí tenía. Sorprendida su embarcación en alta mar por los piratas berberiscos, se acrecentaron sus sufrimientos bajo el yugo bárbaro de su nuevo amo; pero llegados á un puertecillo africano, el indomable barón halló modo de matar al capitán pirata en la barca que á tierra los conducía y arrojándose después al agua seguido de Simón ganaron á nado la tierra y tras mil penalidades lograron embarcarse en la galera que acababa de llevarlos á Inglaterra, no sin rico botín arrebatado con astucia á sus crueles enemigos. Inútil es hablar de su recepción en el castillo de Monteagudo, y de la inmensa ventura que llenó aquel dichoso hogar, poco antes tan agobiado por la tristeza y el dolor.

El barón León de Morel vivió todavía largos años, colmado de honores, tranquilo y feliz. La dicha de Roger de Clinton y su esposa adorada fué también completa. Dos veces guerreó él en Francia, conquistando preciados laureles y altísima fama. Concediósele distinguido puesto en la corte y por muchos años ejerció brillantes cargos en los reinados de Ricardo y de Enrique IV, quien le confirió la orden de la Jarretiera y le honró como á uno de los primeros caballeros y más valientes campeones de su tiempo.

Cuanto á Tristán de Horla, se casó con una linda muchacha de Dunán y allí se estableció definitivamente, gozando del prestigio que le daban sus proezas y los cinco mil ducados tan briosamente ganados allá en tierra de España. Él y su inseparable amigo Simón animaron frecuentemente con su presencia y su alegría perenne las bulliciosas veladas del Pájaro Verde. Simón acabó por ofrecer su amor y su nombre á la buena ventera que tan fielmente le guardara su botín de anteriores campañas. Así vivieron aquellos hombres, rudos si se quiere, como la época que los vió nacer y morir, pero francos, honrados y valientes, dejando á las generaciones venideras un ejemplo digno de imitación y aplauso.

FIN.