—¿Tenéis carta ó papel que lo acredite? ¿No seréis uno de tantos pordioseros como infestan estos caminos?
—Hé aquí las cartas del abad de Berguén. No necesito pedir limosna, dijo el joven algo ofendido.
—Tanto mejor para vos. ¿Sabéis quién soy?
—No, señor.
—Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justicia de nuestro bondadoso soberano, Eduardo III.
—Á tiempo llegáis, señor, dijo Roger inclinándose ante el personaje. Unos momentos más y sólo hubierais hallado aquí mi cadáver y quizás también el de esta pobre mujer.
—¡Pero nos falta el otro! exclamó el corregidor. ¿No habéis visto á un negro? Era el cómplice de ese ladrón y juntos huían....
—El negro escapó en aquella dirección al oiros, dijo Roger señalando hacia las piedras del desmoronado túmulo.
—Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado vigilando los alrededores. Él sabe que con nuestros caballos lo alcanzaríamos en un santiamén y se guardará de huir.
—¡Pues á buscarlo! Nunca se dirá que un criminal de su laya escapó al corregidor de Southampton y á sus ballesteros. Dejad á ese bandido tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en línea, á bastante distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os procuraré caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aquí, á la izquierda; Jacobo el Rojo á la derecha. Eso es. Mucho ojo con los matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte á la pieza.