El negro se había deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido monumento, tras cuyas piedras se escondió; al poco rato quiso averiguar lo que hacían ó proyectaban sus perseguidores, á quienes vió separarse formando extensa línea y adelantar por la maleza en la dirección que él había tomado y que les había indicado Roger. Aunque el fugitivo asomó la cabeza lo más prudentemente posible, el ligero movimiento de unos helechos bastó para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el matorral que en parte las cubría.

—¡Ah, bellaco! gritó el funcionario sacando la espada y señalándolo á sus soldados. ¡Allí le tenéis! ¡Á pie firme, ballesteros! Ya abandona su guarida y corre como un gamo. ¡Tirad!

Así era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y verse descubierto, emprendió la fuga á todo correr.

—Apunta dos varas á la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano, inmediato á Roger.

—No, apenas hay viento; con vara y media basta, contestó su compañero, soltando la cuerda de su ballesta.

Roger se estremeció, porque el acerado dardo pareció atravesar de parte á parte al fugitivo. Pero éste siguió corriendo.

—Dos varas te digo, bodoque, comentó el viejo ballestero, apuntando con tanta calma como si tirase al blanco.

Partió silbando la mortífera saeta y se vió al negro dar de repente un enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde quedó inmóvil.

—Debajo de la espaldilla izquierda, fué lo único que dijo su matador, adelantándose á recobrar su dardo.

—Á perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrás emborracharte con el mejor vino de Southampton, dijo el personaje á su impasible ballestero. ¿Estás seguro de haberlo despachado?