—Tan muerto está como mi abuela, señor.
—Corriente. Ahora al otro bribón. No faltan árboles allá en el bosque, pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada y córtale la cabeza al canalla, como tú sabes hacerlo.
—¡Por favor, concededme una gracia que os pido! suplicó el sentenciado dando diente con diente.
—¿Qué es ello? preguntó el magistrado.
—Antes confesaré mi crimen. El negro y yo fuímos, en efecto, quienes después de robar cuanto pudimos en la barca Rosamaría de la que él era cocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast. Pronto estoy á que me enviéis allá, ante mis jueces.
—Poco mérito tiene esa confesión y no te valdrá. Es que además de tus fechorías en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto en despoblado dentro del territorio de mi jurisdicción y vas á morir. Basta de charla.
—Pero señor, observó Roger pálido de emoción; no ha sido juzgado y....
—Vos, mocito, me complaceréis grandemente no hablando de lo que no entendéis y menos os importa. Y tú, belitre, continuó dirigiéndose al reo, ¿qué gracia es esa que pides?
—Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto en lienzo. Perteneció un tiempo á la barca en que iba el bendito San Pablo cuando las olas lo arrojaron á la isla de Melita. Lo compré por tres doblas á un marinero que venía de Levante. Os pido que me permitáis morir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no sólo obtendré mi salvación eterna sino también la vuestra, pues debiéndoos tan gran merced, no dejaré de interceder por vos un solo día.
Á una señal de su jefe, el ballestero Jacobo descalzó al malhechor y halló en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de fino cendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor se descubrió al tomarla y entregársela al sentenciado.