Dirigiéronse los cuatro hacia las cocinas del castillo, pero al salir del patio vieron á un gentil pajecillo que se dirigió á Roger diciéndole:

—El señor de Morel os espera arriba, en la saleta contigua á su cámara.

—¿Y mis compañeros?

—Á vos solo.

Siguió Roger al paje, que le condujo por una ancha escalera al corredor del primer piso y á una cámara cuyas paredes cubrían tapices y panoplias, donde le dejó solo. Descubrióse el doncel y no viendo á nadie comenzó á examinar las armas y los antiguos y macizos muebles de roble tallado. Había desaparecido la primitiva sencillez de las habitaciones en los castillos, debido en parte al deseo de proporcionar mayores comodidades á las damas y sobre todo al ejemplo de los cruzados, que habían traído de Oriente el lujo y las riquezas incompatibles con la vida incómoda y mezquina de las fortalezas feudales. Influencia no menos poderosa había sido después la de las grandes guerras con Francia, nación que en el siglo XIV adelantaba en mucho á Inglaterra en las artes de la paz y cuyos progresos y refinamientos dejaron huella marcadísima en las costumbres inglesas de aquella época.

Absorto estaba Roger en la contemplación de los objetos de arte que enriquecían la estancia, cuando oyó la risa mal reprimida de una mujer. Miró á todos lados sin ver persona alguna, repitióse la risa y por fin distinguió detrás de la mampara que á su izquierda tenía una blanca mano que sustentaba un espejo con marco y mango de plata, puesto de manera que reflejaba todos sus movimientos. Permaneció el joven por algunos momentos inmóvil, sin saber qué hacer y luégo vió que desaparecían mano y espejo y que se adelantaba hacia él una hermosísima joven, con traje tan elegante como rico. En su rostro sonriente reconoció Roger el de la doncella á quien aquella mañana librara él de las asechanzas de su hermano, y su sorpresa creció de punto.

—Veo que os admira hallarme aquí, dijo alegremente la encantadora dama. Trovador quisiera ser para cantar cual se merece nuestra aventura de ayer; el perverso Hugo, la cuitada doncella y el paladín esforzado que la rescata de las garras del tirano. Mis trovas os harían célebre y pasaríais á la posteridad cual otro Percival ó Amadís famoso y gran desfacedor de entuertos.

—Insignificante fué lo que yo hice para merecer tanto elogio, pudo decir por fin Roger. Mas no sabéis, señora, cuánta es mi alegría al volver á veros y saber que llegasteis sana y salva á vuestra morada, suponiendo que lo sea este castillo.

—Lo es, y el barón León de Morel es mi padre. Pude revelároslo al despedirnos, pero como me dijisteis que era este el término de vuestro viaje, preferí callarme y daros una sorpresa, antes de que volváis á encerraros entre las cuatro paredes de vuestra celda. Pero ante todo, os he hecho llamar para haceros un encargo, mejor dicho, para pediros un servicio.

—¿Qué deseáis?