—¡Cuan poco galante sois! Pero en fin, no me extraña. Un caballero más acostumbrado al trato de las damas se hubiera puesto desde luego á mis órdenes, pero vos me preguntáis qué os quiero. Pues bien, necesito que corroboréis con vuestro testimonio mis palabras. Voy á decir á mi padre que os encontré en la parte del bosque situada al sur del camino de Munster. De lo contrario, si averigua que le desobedecí y puse la planta en las tierras de Clinton, no escapo sin una encerrona atroz y lo menos una semana de rueca y tapicería.
—Si el barón me interroga no le contestaré.
—¡Cómo! Pero es que tendréis que contestarle. Y asegurarle lo que os he dicho, ó lo pasaré muy mal.
—¿Pero cómo he de poder decirle lo que no es cierto? ¿Seríais capaz de hacerlo vos, sabiendo que estabais leguas al norte del camino?...
—¡Oh, me aburrís con vuestros sermones! ¿Os negáis? Pues yo sé lo que debo hacer.
—No os ofendáis, por favor. Pensad en lo que me pedís.... Pero aquí está vuestro noble padre.
—Estadme atento y veréis si soy ó no buena discípula vuestra. Padre mío, continuó dirigiéndose al barón, que acababa de entrar; estoy altamente obligada á este caballero, á quien encontré esta mañana en el bosque de Munster y que me prestó un valioso servicio. Ocurrió el hecho á dos leguas justas al norte del camino de Munster y por consiguiente en una propiedad donde vos me habíais prohibido poner los pies.
—¡Ah, Constanza! repuso el señor de Morel, que daba el brazo á una anciana dama; me cuesta más hacerme obedecer de tí que de aquellos doscientos arqueros de la piel del diablo á quienes capitaneaba yo en el sitio de Guiena. Pero silencio, niña, que tu madre estará aquí dentro de un momento y no hay necesidad de que se entere. Por esta vez no llamaremos al preboste y sus guardas ¿eh? Pero retírate á tu cámara y no vuelvas á las andadas. Sentáos aquí, junto al fuego, madre mía, dijo á la anciana cuando se hubo retirado su hija. Acercáos, Roger de Clinton; deseo hablaros, y en presencia de mi madre, sin cuyo buen consejo no gusto de resolver siempre que puedo consultarla.
Roger, sorprendido, se inclinó.
—Yo misma indiqué al barón que os hiciera llamar, dijo la noble dama, porque tengo de vos los mejores informes y creo que merecéis entera confianza. Conozco algo vuestra historia; habéis vivido en el claustro y es bien que veáis ahora algo del mundo antes de elegir entre uno y otro. Precisamente, mi hijo necesita junto á sí una persona como vos, que vele por él, que lo atienda. Entre vuestros compañeros, si aceptáis, veréis jóvenes de la mejor nobleza del reino.