Cada villa, cada aldea preparó y facilitó su contingente sin tardanza, y en todo aquel otoño y parte del siguiente invierno se oyó de continuo por los caminos el toque de los clarines, el trotar de los caballos y el paso acompasado de los infantes, arqueros, ballesteros y hombres de armas, ya en compañías organizadas ya en grupos aislados, que de todas partes se dirigían á éste ó aquel castillo ó puerto.

El antiguo y populoso condado de Hanson fué de los primeros en responder al llamamiento con gran golpe de soldados. Al norte ondeaban los estandartes de los señores de Brocas y Roche, el primero con la cortada cabeza de sarraceno en el centro del escudo y el segundo con el histórico castillo rojo de la casa de Roche, seguidos ambos por numerosos combatientes. Los vasallos de Embrún en el este y los del potentado Juan de Montague en el oeste se unieron en pocas semanas á las fuerzas levantadas por los señores de Bruin, Liscombe, Oliver de Buitrón y Bruce, procedentes de Andover, Arlesford, Chester y York y marcharon al sur, en dirección de Southampton. Pero el más nutrido y brillante contingente del condado fué el que se agrupó en torno del estandarte de Morel, gracias á la fama del barón. Arqueros de la Selva de Balsain, montañeses y cazadores de Vernel, Dunán y Malvar, hombres de armas veteranos y bisoños y nobles caballeros ganosos de prestigio, dirigíanse todos á Salisbury, desde las riberas del Avón hasta las del Lande, para alistarse bajo la bandera de las cinco rosas gules de Morel.

Sin embargo, no era el barón uno de aquellos acaudalados magnates que podían mantener en armas numerosa hueste, y con dolor se vió obligado á despedir gran número de voluntarios, que buscaron otros jefes, limitándose él á seguir las instrucciones que le había enviado su amigo Claudio Latour, autorizándole para equipar cien arqueros y cincuenta hombre de armas, que unidos á los trescientos veteranos de la Guardia Blanca que quedaban en Francia, formarían un cuerpo cuyo mando podría aceptar sin vacilación tan gran capitán como el barón de Morel. Con el auxilio de Simón, nombrado sargento instructor, Reno y otros veteranos, eligió cuidadosamente sus hombres y á mediados de Noviembre tenía ya completa una fuerza escogida, cien de los mejores arqueros de Hanson y cincuenta hombres de armas bien montados. Dos nobles amigos del barón le encomendaron á sus hijos, jóvenes y apuestos caballeros llamados Froilán de Roda y Gualtero de Pleyel, para que compartiesen con Roger de Clinton los honores, peligros y deberes del cargo de escuderos.

Las piezas de armadura para los hombres de armas y la mayor parte de las espadas, hachas y lanzas aguardaban á los soldados de Morel en Burdeos, donde podían procurarse mejores y mucho menos costosas que en Inglaterra; mas no así los grandes arcos de combate, en cuyo material y buena construcción los armeros ingleses superaban á todos los demás. También hubo que uniformar á hombres de armas y arqueros con el capacete liso, cota de malla, blanco coleto sin mangas sobre la cota y con el rojo león de San Jorge en el pecho, todo lo cual componía el uniforme de la famosa Guardia Blanca que con tanto orgullo llevaba Simón Aluardo. Soberbio aspecto presentaron las fuerzas de Morel cuando su veterano capitán, montando su mejor caballo de batalla, les pasó revista final en el gran patio del castillo. De los ciento cincuenta hombres la mitad por lo menos habían sido soldados, algunos toda su vida; entre los reclutas llamaba la atención el gigantesco Tristán de Horla, que cerraba la marcha, llevando á la espalda su enorme arco de guerra.

El equipo de la compañía requirió algunas semanas y Roger y sus amigos llevaban dos meses en el castillo cuando el barón anunció á su esposa que todo estaba pronto para la marcha. Aquellos dos meses transformaron por completo el porvenir de Roger, despertaron en él un sentimiento desconocido y le hicieron más grata la vida. Entonces aprendió también á bendecir la previsión de su padre, que le había permitido conocer algo el mundo, antes de sepultarse para siempre en la soledad del claustro. ¡Cuán diferente le parecía entonces la vida, cuán exageradas las palabras del Maestro de los novicios al describirle con los más negros colores la manada de lobos, como él decía, que le esperaban para devorarle apenas abandonase los muros protectores de Belmonte! Junto á los criminales y depravados había hallado también hombres de corazón valiente, amigos cordiales, un noble jefe cien veces más útil á su país y á sus compatriotas que el virtuoso abad de Berguén, cuya vida transcurría olvidada y monótona de año en año, en un círculo mezquino, rodeado de aquellos monjes que rezaban, comían y trabajaban sosegadamente, aislados del resto de los mortales y como si en el mundo no hubiera más habitantes que ellos ni más horizontes que el de los terrenos de la abadía. Su propio criterio dijo á Roger que al pasar del servicio del abad al del barón, lejos de perder había efectuado un cambio ventajoso. Cierto que su carácter apacible le hacía mirar con horror las violencias de la guerra, pero en aquella época de órdenes militares no era tan marcada como en nuestros días la separación entre el religioso y el soldado, unidos entonces con frecuencia en una sola persona.

En justicia á Roger debe decirse que antes de aceptar definitivamente la oferta del barón meditó mucho y pidió consejo al cielo en sus oraciones; pero el resultado fué que á los tres días eligió armas y caballo, cuyo importe ofreció pagar con parte de lo que le correspondiese como botín de guerra. Dedicó desde entonces largas horas al manejo de las armas, y como sobraban buenos maestros y él era joven, ágil y vigoroso, no tardó en dirigir su caballo y esgrimir la espada muy diestramente, mereciendo palabras de aprobación de los veteranos y haciendo frente con su tizona á Froilán y Gualtero, los otros dos escuderos de su señor.

Pero es casi innecesario decir que Roger tenía otra razón muy poderosa para preferir la carrera de las armas y despedirse del convento. La vida le ofrecía un atractivo irresistible, la presencia de la mujer amada. La mujer, que allá en el claustro representaba la suma de todas las tentaciones, peligros y asechanzas mundanales, el escollo que ante todo debía evitar el hombre para perseverar en el buen camino, el ser á quien los monjes del Císter no podían mirar sin pecado ni tocar sin exponerse á los más severos castigos de la regla. En cambio Roger se veía diariamente, una hora después de la de nona y otra antes de la oración, en compañía de tres lindas doncellas, sus discípulas; y lejos de parecerle la presencia de aquellas jóvenes cosa reprensible ni pecaminosa, sentíase más dichoso que nunca al instruirlas, contestar á sus preguntas ó sostener con ellas amena plática.

Pocas discípulas como Constanza de Morel. Á un hombre de más edad y experiencia que Roger le hubieran sorprendido, é irritado quizás, sus réplicas, las súbitas alteraciones de su carácter, la prontitud con que se ofendía algunas veces y las lágrimas y protestas con que se sometía otras á las indicaciones de su maestro. Si el objeto de la lección la interesaba, seguía las explicaciones con entusiasmo sorprendente y dejaba muy atrás á sus compañeras. Pero si el tema le parecía pesado y árido, no había medio de atraer su atención ni de hacerle comprender ó recordar lo explicado. Alguna que otra vez se rebelaba abiertamente contra Roger, quien sin la menor irritación, con paciencia infinita, continuaba su lección; poco después la rebelde discípula se arrepentía y humillaba, acusándose á sí misma, avergonzada de la injusticia hecha á Roger con su conducta. En cambio no permitía que sus otras dos compañeras mostrasen el más leve indicio de desatención ó rebeldía; una sola vez intentó Dorotea contradecir á Roger, y fué tanta la indignación de Constanza y tales sus reproches, que la pobre niña abandonó la habitación con los ojos llenos de lágrimas, lo que valió á Constanza la más severa reprensión que jamás recibiera del joven profesor.

Pero pasadas las primeras semanas se notó la influencia de Roger, de su paciencia y dignidad inalterables, en la conducta de la noble doncella. Comprendía que la rectitud y la elevación de ideas de Roger eran un ejemplo admirable y apreciaba los altos méritos del apuesto escudero. Y Roger por su parte comprendía también que de día en día era mayor su admiración por aquella adorable joven, cuya imagen y cuyo recuerdo no le abandonaban un instante. Decíase también que era la única hija del barón de Morel y que mal podía poner los ojos en ella el pobre escudero, sin un puñado de plata con que pagar el caballo y las armas con que por primera vez iba á buscar nombre y fortuna en la guerra. Pero su amor por Constanza era su vida. Ninguna consideración, ningún obstáculo, podían hacerle renunciar á él.

Era una hermosa tarde de otoño. Roger y su compañero Froilán de Roda habían ido á Bristol para apresurar la terminación y entrega de la última remesa de arcos de repuesto que el barón tenía encomendados á los armeros de aquella ciudad. Acercábase el día de la partida. Los dos escuderos, terminada su comisión, cabalgaban por el camino de Salisbury y Roger notó con sorpresa el insólito mutismo de su compañero. Froilán era un muchacho alegre y decidor, encantado de dejar la tranquila casa paterna por las aventuras y emociones del largo viaje que iban á emprender y de la guerra futura. Pero aquel día lo veía Roger callado y pensativo, contestando apenas á sus preguntas.