—Dime con toda franqueza, amigo Roger, exclamó de pronto, si no te parece como á mí que la bella Doña Constanza anda estos días entristecida y pálida, cual si la atormentase ignorada cuita.
—Nada he notado, contestó Roger sorprendido, mas bien pudiera ser como lo dices.
—Oh, sin duda. Mírala sentada y pensativa hora tras hora, ó paseando por la terraza del castillo, olvidada de su halcón, de Trovador y de la caza. Sospecho, amigo Roger, que tanto estudio y tanta ciencia como tú le enseñas sean tarea demasiado pesada para ella, que poco ó nada estudiaba antes, y la preocupen y aun puedan llegar á enfermarle el ánimo y el cuerpo.
—Orden es de la baronesa, su señora madre....
—Pues sin que ello sea faltarle al respeto, creo yo que mi señora la baronesa estaría más en su lugar defendiendo las murallas del castillo ó mandando una compañía en el asalto de una plaza que encargada de la educación de su hija. Pero oye, Roger amigo, lo que á nadie he revelado hasta ahora. Yo amo á Doña Constanza, y por ella daría gustoso mi vida....
Roger palideció y guardó silencio.
—Mi padre es rico, siguió diciendo Froilán, y yo su hijo único y heredero de los dominios de Roda. No creo que el barón tenga objeción que hacer por lo que á caudal y nobleza se refiere.
—Pero ¿y ella? preguntó Roger en voz baja y sin mirar al escudero para que éste no notase su turbación.
—Eso es lo que me desespera. Nunca he visto indiferencia como la suya y hasta ahora tanto me hubiera valido suspirar ante una de las estatuas de mármol del parque de Roda. ¿Recuerdas aquel finísino velo blanco que llevaba ayer? Pues se lo pedí como una merced para ponerlo en mi yelmo en combates y torneos, cual emblema de la dama y señora de mis pensamientos. Se limitó á darme la negativa más fría y más rotunda, agregando que si cierto caballero cuidaba de pedirle el velo, se lo entregaría; de lo contrario, no se lo daría á nadie. No tengo la menor idea de quién sea ese mortal afortunado. ¿Y tú, Roger? ¿Sabes á quién ama?
—Ni lo sospecho siquiera, contestó Roger; y sin embargo, al decir aquellas palabras se despertó en él una gratísima esperanza.