—Buenos días, señorita; solamente nosotros estamos en nuestro puesto—dijo el tío Marcial volcando su saco en la mesa y designando con franca risa la multitud de comadres y muchachos que, no habiendo podido encontrar sitio en la iglesia, esperaban la salida de la novia.—La señorita Beaudoin se habrá alegrado de su accidente de usted, pues la habría reemplazado de mala gana... La verdad es que nuestra señorita Blanca está tan linda que da gusto verla...
—Si lo desea usted, no se prive de ir a verla, Marcial, mientras yo timbro el correo...
—¿No quiere usted que la ayude?
—Es inútil; acérqueme usted nada más la mesa... ¡Ajajá! Ya tengo todo lo que necesito. Cuando usted vuelva las cartas estarán clasificadas... De todos modos, las tres cuartas partes irán ciertamente al castillo.
—Entonces me dejo convencer, señorita. He visto a esa recién casada tan alta como esto, y rezaré con gusto un pater por ella, si me acuerdo.
—Rece usted dos, Marcial; uno por usted y otro por mí.
—Convenido, señorita; haré el encargo militarmente.
Y llevándose la mano al quepis, se marchó con ese paso cadencioso de los antiguos soldados y la espalda encorvada como si llevase todavía la mochila.
Liette le vio atravesar la plazuela, pasar por los grupos y entrar en la iglesia.
Entonces, dando un suspiro, apartó la vista de aquel edificio medio derruido en el cual se estaba representando el último acto del drama íntimo de su vida, y se puso valerosamente a la tarea.