Pero no; se trataba de una calumnia infame, de una de esas calumnias ante las cuales no retroceden ciertos seres viles y maléficos que no se cuidan del honor de un hombre ni del reposo de una mujer.
Sin embargo, ese nombre... «Juana Dodson»... era el de la institutriz a quien ella había reemplazado en el castillo, y quizá...
¡No! No podía, no quería creerlo...
Suponiendo que el telegrama fuese realmente de miss Dodson, ¿no podía ser una venganza de mujer despechada y celosa?... Raúl había podido ser amable, demasiado amable, coquetear con ella, turbar la imaginación de la pobre muchacha y hacerle acariciar una loca esperanza... De esto a admitir aquella monstruosa acusación...
Con todo, los términos eran precisos y formales...
Volvió a leer el texto del telegrama, fechado en Jersey... ¡Jersey!
Liette creyó estar viéndole desembarcar del vapor en el puerto de Granville...
¡Dejaba entonces una mujer y un hijo en la otra orilla!
Y como una espesa niebla que se disipa de repente ante las brillantes flechas del astro del día, una luz cruda, brutal y deslumbradora cegó sus pobres ojos que ella tapaba en vano para no ver...
Los detalles se precisaban con una claridad implacable. La correspondencia con el pretexto del tío Neris, los viajes repetidos a Inglaterra, a Jersey, y la equivocación del digno notario, cuya alusión, hoy transparente, no se dirigía a ella... todo lo descifraba con una lucidez desesperante y aquella trama de odiosas mentiras se desgarraba en lamentables jirones...