¡Imposible! No podía ser esa la traducción...
«Y el... padre de mi... hijo que... muy pronto... no tendrá tampoco... madre...
Juana Dodson...»
Las sílabas implacables se desarrollaban ante sus ojos turbados con su movimiento automático y continuo.
Pero no, se engañaba.
Con un violento esfuerzo, trató de dominarse, de recobrar su sangre fría, y consultando el alfabeto, deletreó letra por letra:
«Señorita, el hombre con quien va usted a casarse es mi esposo ante la ley inglesa y el padre de mi hijo, que muy pronto no tendrá tampoco madre. Juana Dodson...»
¡Había leído bien!
Esta vez la pluma se cayó al suelo.
¿Era verdad? ¿Era posible?