Ciertamente, la delación era un arma vil, pero mucho menos que la conducta de aquel noble felón, que engañaba a tres mujeres a la vez y robaba a la una su honor, a la otra su estima y a la otra su fortuna.

¿Por qué aquel telegrama revelador no había llegado el día antes? ¿Por qué venía cuando el «sí» fatal había sido pronunciado? ¿Por qué era ya tarde para desatar esos lazos malditos? ¿Para qué romper el corazón de una niña ignorante y crédula?

¿Y qué?

Era la vida brutal, la ley del destino sorda e inexorable, y la venganza no está obligada a más equidad que esa justicia ciega cuya espada de dos filos hiere casi siempre al inocente con el culpable.

¿Qué le iba a hacer ella?

¿Salvar al uno para salvar a la otra?

¡Engaño!

¡Piedad ridícula de los débiles que causa la audacia implacable de los fuertes!

Liette se acorazaba contra todo enternecimiento y se encerraba en una impasibilidad feroz.

Blanca sufriría sin duda.